Cuentos terroríficos para las noches de insomnio. Ven y descúbrelos para contarlos...
domingo, 3 de agosto de 2014
MAÑANA ES LUNES
Mañana es lunes. Todo alrededor huele a lunes. El comienzo de una semana, de un mes, de una vida.
La misión avanza según lo previsto. El avión sobrevuela los volcanes. Las bombas de gas caen desde el cielo. Como pequeñas esferas de luz, se ven alejarse de la nave nodriza. Caen a la tierra yerma, oscura, apagada, muerta.
El único montículo con nieve se vislumbra en la distancia. Hace horas que nada respira en el planeta recién descubierto. Todo hiede a muerte. Las plantas calcinadas, los animales carbonizados; si es que eran animales.....
Mañana es lunes. Sigue imaginando que es el comienzo de una semana cualquiera, de un mes cualquiera, de una vida normal cualquiera.
La misión ha concluido con éxito. La nave se aleja de la peste. El planeta inerte llora. Unas lágrimas oscuras resbalan por su piel marchita. Desde la negrura del espacio infinito, mientras la nave se aleja del exterminio, observa como llora el pobre planeta.
¿Tiene vida? ¿Siente el dolor y la muerte? ¿Sabe que ha sido masacrado por una especie inteligente que se cree inmortal?
Mañana es lunes. Navega rumbo a casa. Quiere volver a abrazar a su bebé. Desea acostarse en las cálidas sábanas recién planchadas, y besar a su pareja que le espera desde hace décadas.
Porque hace décadas que salió de la Tierra. Hace mucho tiempo que navega girando entre la oscuridad del universo. Y confunde los días, y ya no sabe cuántas navidades se perdió mientras viajaba rumbo a un planeta desconocido. Un lugar descubierto por casualidad, cuando un niño observaba las estrellas con un telescopio comprado en internet, robado a la NASA. Un planeta con vida inteligente, más inteligente que el sabio más sabio que vivía en la Tierra. El paraíso que describieron los antiguos. Allí reinaba la paz, allí plantas, animales y seres parlantes vivían en armonía. Sin bombas, sin odios, sin muerte.
Mañana es lunes. Continúa con la retahíla, con el sonsonete cansino que lleva marcando su mente desde que despegó de Cabo Cañaveral. Pronto llegará. Desde la distancia ya se atisba el minúsculo punto que es la Tierra, con su puntito siempre a su lado, la Luna.
Se acerca. Ha olvidado que su nave ha viajado millones de kilómetros, dejando atrás millones de estrellas, sólo para destruir a sus hermanos. Solamente recuerda su casa, su jardín, el olor de la piel de sus seres queridos. El sonido del llanto de un niño y la risa alegre de su compañera de vida.
La Tierra asoma. Está ennegrecida. Está muerta. Todo aparece ante sus ojos destruido por bombas, por esas pequeñas esferas que él mismo ha arrojado desde su nave nodriza a millones de kilómetros, a años luz de su planeta.
¿Qué ha hecho?
Mañana es lunes, piensa. Despertará de su pesadilla al sonar el despertador, y a su lado yacerá dormida el amor de su vida.
La nave entra en la atmósfera irrespirable de un planeta muerto. Observa que todavía queda nieve en la cima de una montaña. ¡Es el Everest!
¿Qué he hecho?
La radio de su nave está muerta, sólo emite un zumbido lastimero de soledad. Todo ha acabado. Aterriza y abre la compuerta. Pisa el suelo convertido en cenizas, su casco le protege. LLora, como lloró antes el planeta. ¿Qué han hecho? El planeta que han destruido ha sido el que ellos mismos crearon.
Mañana es lunes, dice, con voz temblorosa, mientras se desabrocha las hebillas de su casco espacial. Sólo di la vuelta al Universo. Julio Verne estaría orgulloso de los hombres.
Su cabeza estalla, su piel se derrite por la radiación de las esferas que él mismo arrojó en otro Universo, en otro Planeta, van expulsando desde el seco suelo. No siente dolor en su cuerpo, sí en su corazón que grita, que agoniza, que llora....
Y un último pensamiento inunda su mente: Mañana es lunes y despertaré seguro.
domingo, 27 de abril de 2014
LOS ESTALACTITOS
Los excursionistas descendieron al interior de la cueva. Iban bien preparados con sus neoprenos, sus cuerdas de seguridad, sus cascos; y un guía autóctono.
Andrés había pagado la escandalosa suma de 30.000 euros por aquella excursión al interior de la tierra, al paraíso que cualquier espeleólogo querría visitar antes de morir.
El fondo de la oquedad se hallaba húmedo. El ruido de las gotas que caían del techo con paso cansino, se escuchaba con la precisión del tictac de un reloj antiguo.
Andrés fue el primero en tocar suelo. Ayudó a sus compañeros y soltó las cuerdas. El guía señaló una pequeña senda, apenas visible con la luz de las liternas de los cascos.
_Por allí_, dijo en un castellano rudo pero entendible.
Fueron avanzando maravillados. La cueva mostraba sus recovecos mágicos y alucinantes. Más mágica en la realidad que en los folletos publicitarios de la agencia que la promocionaba.
"Lástima no haber traído cámara de fotos"_ Pensó Andrés contemplando las curvas y estalactitas milenarias que encontraba a su paso.
El grupo avanzaba despacio. El guía los dejaba ir y, poco a poco, sin que ellos se percatasen, se fue quedando atrás, mientras Andrés y sus compañeros se adentraban en la profundidad de la sima.
El estrecho camino se abría dando paso a una gran bóveda, de esas de película. La oscuridad era total, el techo parecía que no tenía fin y se sentía el profundo malestar de la falta de oxígeno.
La claustrofobia hizo acto de presencia justo al desaparecer el guía. Andrés giró y alumbró con su linterna hacia la salida de la cavidad. Ni rastro del que los había llevado hasta allí. Sus compañeros lo miraban con los ojos desorbitados.
_¿Y ahora qué hacemos? ¿Volvemos? ¿Y el indígena ese? ¿Dónde narices se ha metido? ¡Si es una broma de cámara oculta no tiene graciaaaaaaaaaaaaaa!_ Gritó el más joven de los cinco a las inmensidades oscuras de la cueva.
Algo respondió:
_ciaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, ciaaaaaaaaaaaaaaa, ciaaaaaaaaaaaaa, ciaaaaaaaaaaaaaaaaaa...
Y algo despertó...
Andrés fue el primero en descubrirlas. Unas extrañas y diminutas estalactitas al fondo de la cueva. Antes no estaban allí, al entrar ese hueco él lo había visto vacío. Giró la cabeza y la oscuridad ocultó las formas.
_¿Habéis visto eso antes?_ dijo, señalando a las figuritas y alumbrándolas de nuevo._ Joder, están más cerca que antes, se mueven.
_Andrés, no tiene gracia, ¿qué dices? ¿Cómo se van a mover si son de piedra?
Los seres avanzaban, guiados por las voces, como zombis atraídos por el olor de la sangre.
La luz de los cascos apenas iluminaba la totalidad de la caverna y las estalactitas se acercaban silenciosas, no tenían pies ni boca, solo se dejaban resbalar por la humedad de la roca. Ni siquiera siseaban.
Andrés no sintió al primero, La bota que calzaba, especial para la travesía y para el descenso de barrancos no le dejó sentir el roce. Los estalactitos, seres ancestrales que habitaban la cueva desde antes de que el ser humano poblara la tierra necesitaban alimento.
Poco a poco rodearon a los excursionistas. Unos más altos que otros, unos más antiguos y otros recién nacidos de la tierra. Les resultaba fácil atrapar a aquellos cuerpos blandos, ellos eran como lapas, se adherían a la ropa, a la piel y quemaban como el hielo en la lengua.
El guía solo oyó un alarido atroz que resonó por todos los pasillos de la cueva. Sonreía mientras escalaba hacia la salida. Todos los años se repetía la historia. Su web hacía dos días que se había vuelto a cerrar. La agencia ya no estaba en la esquina de la calle Alfonso. Ahora le quedaba un año de disfrute de sus euros. Para la próxima fecha el negocio estaría preparado en otro país, en otra ciudad...
domingo, 20 de octubre de 2013
RESEÑA DE "VORAZ" DE FERMÍN MORENO
EL AUTOR
Escritor y traductor zaragozano del inglés, francés e italiano al castellano. Coeditor de Ediciones Tusitala, bajo cuyo sello aparece la revista de género fantástico Sable. Licenciado por el INEF y profesos en activo, cuyos relatos y poemas escritos en dichos idiomas pueden leerse en publicaciones tan diferentes como Antipodean Science Fiction (Australia), Bewildering Stories (EEUU), Axxón (Argentina), Twister Tongue (Gran Bretaña, Horrifique (Quebec), entre otras publicaciones españolas como Cthulu, Lhork, o Calabazas en el Trastero, y dentro de la línea Z de Dolmen, en la Antología Z volumen 2, y en la Antología Z volumen 4, con los relatos "Carne de tu carne" y "Carne tabú".
Voraz es su cuarta novela publicada, tras "Forastero en cuerpo extraño" (ED. Parnaso, 2005), "La Perdición Fucsia" (Ed. Nalvay, 2011) y "El vuelo del Oricú"
SINOPSIS
En Voraz se recrean a lo largo de cuatro actos especies humanas nuevas que se entremezclan y cohabitan en permanente pugna por la supervivencia, en donde el Homo Sapiens es tan solo otro eslabón más de la cadena que lucha sin esperanza por continuar existiendo, en tanto que las nuevas especies van ganando terreno paulatinamente y marcan con sangre su propio territorio sin perder ni un solo instante su fin último: sobrevivir. Sobrevivir a los muertos.
RESEÑA
Si Darwin resucitara de entre los muertos, no dudaría en quedar a tomar café con Fermín Moreno. Su fantástica recreación de un mundo apocalíptico, donde el Homo Sapiens olvida su inteligencia en detrimento de sus instintos más básicos, le causarían un shock al rey de la teoría de la evolución.
En una novela catalogada como de género zombie, los muertos vivientes pasan rápidamente a un segundo plano para dejar paso al protagonismo de las nuevas especies que surgen para lograr sobrevivir a los muertos.
Trepidante la aventura, Fermín consigue enganchar al lector en la trama en las primeras páginas de su novela. Su prosa es, a la vez erudita y sencilla. Busca palabras inteligentes para describir lo difícil pero se recrea en las descripciones sencillas para dar fluidez a sus prosa.
Para los lectores de género zombie es una novela novedosa que les gustará mucho. Su recreación en las descripciones viscerales y de ámbito sexual hacen del libro un suculento manjar para los amantes del terror duro.
Para los lectores no tan amantes de la cruda descripción de la muerte y de escenas rudas de sexo, no por vicio sino por instinto básico, les agradará igualmente. No es una novela de zombies. Es diferente. Una historia que mezcla el género de los resucitados, con el más puro terror ancestral a no poder satisfacer nuestros instintos más primarios.
OPINIÓN PERSONAL
Cuando terminé de leer la novela, una pregunta giró en mi desorientada mente. ¿El hombre no es el último eslabón de la cadena? ¿La descabellada teoría de Fermín Moreno podría llegar a convertirse en realidad? Realmente su novela da mucho miedo.
LO MEJOR
La perfecta descripición de un mundo apocalíptico inmerso en la Cuarta Glaciación. La vorágine de nuevas especies que pululan en ese extraño mundo plagado de muertos vivientes y el recorrido evolucionista, que nos muestra su autor, del hombre en su actitud y en lo que es capaz de dejar atrás para sobrevivir como especie.
LO PEOR
La descripción exagerada para mi gusto en las escenas sexuales. El comienzo del libro asusta en ese sentido, pero una vez pasado el mal trago de leer e imaginar esas cruentas escenas, comienzas a darte cuenta de que el sexo es un instinto primario del ser humano, y que si no fuese por la cultura, posiblemente, ese horror sexual descrito por Fermín Moreno sería real y no una invención de novela.
He echado de menos más descripciones del escenario de la novela como el que describe la Zaragoza sepultada bajo el manto de la glaciación.
domingo, 25 de agosto de 2013
LA SEÑORA DE LAS MOSCAS
La conocí en un trabajo y me causó pavor contemplar su rostro. Unos ojos negros, profundos, sin apenas sentimiento humano, escrutaban el aire de la oficina. Nunca pensé que ese instinto que me avisaba de no acercarme a ella, fuera a convertirse en verdadero pánico.
Me enteré en las noticias de las dos. Varios jóvenes habían sido hallados en la orilla del río, muertos. Unas horribles heridas en sus cuerpos, causadas por la famosa mosca negra eran la causa oficial de la muerte.
En la ciudad se había declarado el toque de queda. A partir de la puesta de sol, todo el mundo debía estar en sus casas, encerrado, sin abrir ventanas. Se temía una plaga de mosca negra, debido a las extrañas y abundantes lluvias de la primavera.
En el trabajo todo transcurría con normalidad. Ella había desaparecido. En aquellos momentos no caí. Casi había olvidado ese mudo rostro que nunca sonreía.
Hace dos días recibí una escueta nota en mi buzón. Era ella. Me contaba que había huido de la ciudad, que sentía miedo de su poder. Me aseguraba que ella no quiso que sus amigos murieran a la orilla del río. No pudo controlarlas. Me rogaba que hablara con las autoridades para que levantaran el toque de queda. No existía ninguna plaga de mosca negra. Solo su mal humor....
viernes, 31 de mayo de 2013
LA MOTA
La lectura de aquella noche la tenía absorta. No pensaba. Su cerebro se hallaba vacío de malos pensamientos. Sólo las letras, que unidas formaban la historia, bailaban en su mundo interior, plagando sus neuronas de muertos, de dramas, de amores perdidos, de historias inventadas.
A esas altas horas de la noche se oía ulular a una lechuza. Sabía que era una lechuza porque la había espiado a través del visillo de su ventana una noche. Dormía en un grandioso laurel que creía salvaje en un solar vacío a la espera de ladrillo y, sobretodo, de dinero para crecer.
Una mota apareció en su libro electrónico. Desde que se lo habían regalado, casi siempre prefería irse a la cama con él. Echaba de menos el aroma de las hojas de los libros antiguos, pero esos los reservaba para sus viajes relámpagos a alguna playa perdida.
Pasó sus dedos por encima de su pantalla y la mota no se movió. Pensó quizá que era una mancha de la propia página, un archivo dañado o una fotocopia mal hecha subida a internet de forma ilegal. No le dio importancia y continuó en su lectura.
Al cabo de unos minutos o de unas horas; había perdido la noción del tiempo, enfrascada en la lectura, decidió poner punto y final a la sesión de la noche. Cerró el libro y se levantó para ir al baño.
En el espejo del lavabo la contempló. La mota seguía allí, no se había esfumado de su ojo al apagar el ebook. Y parecía más grande. Se restregó con el nudillo de su mano derecha, primero muy suave, y después con más ímpetu. La mota seguía allí, incluso parecía haberse hecho más grande.
Asustada, se acercó a su móvil y envió un mensaje. Al momento escuchó el habitual sonido de pajarito de su teléfono y leyó con rapidez.
"Anda, lávate con manzanilla, se te habrá metido una pestaña en el ojo, no seas paranoica, mujer".
Medio cabreada, medio divertida, fue a la cocina y puso agua a calentar. Mientras hervía el líquido, hizo zapping con el mando del televisor. Era ya muy tarde y la tele basura reinaba en todos los canales. Pasó los más de sesenta canales a la velocidad de la luz, hasta que en un descuido se percató de que su mota ocupaba una cuarta parte de la pantalla.
¿Se estaría quedando ciega? Regresó al cuarto de baño y se acercó al espejo, esperando ver a la molesta pestaña que invadía su ojo izquierdo.
Con los dedos de la mano izquierda se abrió el párpado y observó su ojo, que se movía nervioso de un lado a otro. Huía, o eso le pareció. Intentaba por todos los medios no ser invadido por la mota, cada vez más grande que iba apoderándose de toda la zona blanca del ojo, cubriéndola de una extraña oscuridad.....
Andrea llevaba dos días sin dar señales de vida. No contestaba al teléfono, no acudía la trabajo, y lo más extraño, no interaccionaba en las redes sociales, donde era muy popular.
La alarma la dio un vecino al percibir un extraño olor, como a fruta demasiado madura, casi como si estuviera podrida. Y llegaron los bomberos, y la policía, y la UVI móvil. Rompieron la puerta del apartamento de Andrea con un hacha y la encontraron en la cama, tumbada, inerte.
El olor se extendió por todo el bloque y hubo que colocarse pañuelos en la nariz para no vomitar. El cuerpo estaba hinchado y negro, los gusanos ya campaban a sus anchas por el cuerpo desnudo de la joven, y unas cuantas moscas, las de la muerte, revoloteaban por la habitación.
La autopsia no pudo esclarecer la causa de la muerte. Tuvieron su cuerpo en el Instituto Anatómico Forense de la ciudad mucho tiempo, estudiándolo. Llamaba la atención de los médicos que los ojos de Andrea estuvieran negros, como invadidos por una mancha que se había alimentado de sus iris.
Al cabo de unos meses, todas las personas que estuvieron en contacto con el cadáver, policías, bomberos, médicos, forenses.... comenzaron a ver una pequeña mota en su ojo izquierdo, al principio poco molesta, a la que no dieron ninguna importancia, hasta que.....
A esas altas horas de la noche se oía ulular a una lechuza. Sabía que era una lechuza porque la había espiado a través del visillo de su ventana una noche. Dormía en un grandioso laurel que creía salvaje en un solar vacío a la espera de ladrillo y, sobretodo, de dinero para crecer.
Una mota apareció en su libro electrónico. Desde que se lo habían regalado, casi siempre prefería irse a la cama con él. Echaba de menos el aroma de las hojas de los libros antiguos, pero esos los reservaba para sus viajes relámpagos a alguna playa perdida.
Pasó sus dedos por encima de su pantalla y la mota no se movió. Pensó quizá que era una mancha de la propia página, un archivo dañado o una fotocopia mal hecha subida a internet de forma ilegal. No le dio importancia y continuó en su lectura.
Al cabo de unos minutos o de unas horas; había perdido la noción del tiempo, enfrascada en la lectura, decidió poner punto y final a la sesión de la noche. Cerró el libro y se levantó para ir al baño.
En el espejo del lavabo la contempló. La mota seguía allí, no se había esfumado de su ojo al apagar el ebook. Y parecía más grande. Se restregó con el nudillo de su mano derecha, primero muy suave, y después con más ímpetu. La mota seguía allí, incluso parecía haberse hecho más grande.
Asustada, se acercó a su móvil y envió un mensaje. Al momento escuchó el habitual sonido de pajarito de su teléfono y leyó con rapidez.
"Anda, lávate con manzanilla, se te habrá metido una pestaña en el ojo, no seas paranoica, mujer".
Medio cabreada, medio divertida, fue a la cocina y puso agua a calentar. Mientras hervía el líquido, hizo zapping con el mando del televisor. Era ya muy tarde y la tele basura reinaba en todos los canales. Pasó los más de sesenta canales a la velocidad de la luz, hasta que en un descuido se percató de que su mota ocupaba una cuarta parte de la pantalla.
¿Se estaría quedando ciega? Regresó al cuarto de baño y se acercó al espejo, esperando ver a la molesta pestaña que invadía su ojo izquierdo.
Con los dedos de la mano izquierda se abrió el párpado y observó su ojo, que se movía nervioso de un lado a otro. Huía, o eso le pareció. Intentaba por todos los medios no ser invadido por la mota, cada vez más grande que iba apoderándose de toda la zona blanca del ojo, cubriéndola de una extraña oscuridad.....
Andrea llevaba dos días sin dar señales de vida. No contestaba al teléfono, no acudía la trabajo, y lo más extraño, no interaccionaba en las redes sociales, donde era muy popular.
La alarma la dio un vecino al percibir un extraño olor, como a fruta demasiado madura, casi como si estuviera podrida. Y llegaron los bomberos, y la policía, y la UVI móvil. Rompieron la puerta del apartamento de Andrea con un hacha y la encontraron en la cama, tumbada, inerte.
El olor se extendió por todo el bloque y hubo que colocarse pañuelos en la nariz para no vomitar. El cuerpo estaba hinchado y negro, los gusanos ya campaban a sus anchas por el cuerpo desnudo de la joven, y unas cuantas moscas, las de la muerte, revoloteaban por la habitación.
La autopsia no pudo esclarecer la causa de la muerte. Tuvieron su cuerpo en el Instituto Anatómico Forense de la ciudad mucho tiempo, estudiándolo. Llamaba la atención de los médicos que los ojos de Andrea estuvieran negros, como invadidos por una mancha que se había alimentado de sus iris.
Al cabo de unos meses, todas las personas que estuvieron en contacto con el cadáver, policías, bomberos, médicos, forenses.... comenzaron a ver una pequeña mota en su ojo izquierdo, al principio poco molesta, a la que no dieron ninguna importancia, hasta que.....
domingo, 21 de abril de 2013
EL APAGÓN
El sol está apagado. Hace diez meses que las nubes cubrieron la Tierra. Hace dos años que el ser humano dejó de habitar el planeta.
Ahora la pueblan espectros. Sombras inertes de seres que un día rieron y amaron. Ahora pasean por una estepa yerma, envueltos en una bruma negra que los mantiene con vida. Pero ellos hace días que están muertos.
¿Qué ocurrió? No quedó testigo alguno del acontecimiento. No pudo nadie escribir un relato para el futuro. La historia de la humanidad murió el mismo día en que el sol se apagó.
Tormentas de hielo nublaron el planeta. El aire arrancaba cabezas y elevaba hacia los cielos a hombres, caballos, hormigas. Todos eran iguales para el huracán asesino que asoló el mundo. Y la vida tal cual la había conocido el hombre, desapareció.
Ya no hay noches ni días. No hay sol ni estrellas, ni luna. Todo es oscuridad. Las sombras, que antaño fueron humanas, pasean por la Tierra muerta. No hablan, no comen, no aman. Fueron devorados por el frío. Pero no murieron. ¿Fue un castigo? ¿Un Dios, airado, las envió como la última plaga de una Biblia cruel? Podría ser, pero nada ni nadie se hallaba allá fuera para salvarlos de la oscuridad y del olvido. Era el destino final de la vida misma.
Con el sol murió la historia, los recuerdos y el amor. Todo se volvió gris, como el paisaje ceniciento que queda tras la erupción de un volcán que arrasaría con el mundo.
El sol se apagó. Alguien o algo lo desenchufó del generador universal de la vida para acabar con las almas perdidas de una humanidad que hacía años caminaba errática y sin rumbo....
Hace dos días que se han acercado a examinar el planeta. Desde el espacio se observa que ya no es azul, la atmósfera ha desaparecido y el color que se transmite a través de la imagen de las pantallas de la extraña nave, que flota ingrávida, es el gris, sin matices, un gris sin alma, como todo lo que ha quedado en ese planeta muerto en vida.
Todo está preparado ya. Las naves descienden y aterrizan en los duros y helados suelos de la Tierra. Se abren las compuertas y se extienden las rampas de salida. Unos seres mecánicos, negros, como la noche que ilumina el planeta, surgen del interior, en formación. Como un ejército invasor, penetran en el planeta azul, que ahora es gris y está triste.
Las sombras emergen de sus cuevas. Algo las llama sin emitir sonido alguno. Se sienten atraídas por una fuerza inexplicable y sin sentido. Millones y millones de seres apagados, sin alma y sin libertad de pensamiento, se detienen al llegar a las naves. Enfrente, el ejército de robots los analiza con sus escanéres manuales. En las pantallas de las naves aparecen claramente los resultados de sus análisis.
"Están todos apagados. No queda ni un solo átomo de luz en sus cuerpos. Podemos recogerlos"
Todos los seres avanzan, atraídos por la fuerza que ejerce la radiación que emiten las naves. El ejército permanece vigilante. Ha abierto un pasillo para dejar pasar a las sombras. Penetran en la nave sin mirar atrás. Ya no piensan. Ninguna analiza la situación. Ninguna siente temor ni rebeldía. No queda nada humano que ilumine los corazones de estos espectros.
La Tierra ha quedado vacía de vida. Todo ha terminado. Lejos, en un universo lejano existe un planeta activo. Un planeta repleto de seres muertos que trabajan. Son esclavos del universo. De allí extraen la luz que ilumina las estrellas. La energía es transportada a nuevos soles que se encenderán y crearán vida de nuevo.
Cuando los nuevos planetas creados a partir de esos nuevos soles están preparados y superpoblados de seres opacos, las naves se acercan, sigilosas, y apagan los soles que les han dado la vida. Le extraen la pila de energía que los mantenían con vida y aguardan, escondidas, tras una luna cualquiera, a que el tiempo haga el trabajo sucio. Y así ha ocurrido siempre, durante toda la eternidad, y así seguirá ocurriendo. Es el ciclo infinito de la vida del Universo.
La Tierra continua girando, sola, muerta. Sin sol que la alimente, ha perdido el alma. Solo una pequeña sombra surge de una cueva. Negra como la noche que la acompaña, olfatea el aire vacío de oxígeno. Ha hallado una nueva forma de sobrevivir. Se alimenta lamiendo las piedras y no necesita luz para existir. Sus ojos amarillos escrutan el espacio, se elevan al cielo negro y un atisbo de sonrisa rebelde los ilumina una décima de segundo....
Ahora la pueblan espectros. Sombras inertes de seres que un día rieron y amaron. Ahora pasean por una estepa yerma, envueltos en una bruma negra que los mantiene con vida. Pero ellos hace días que están muertos.
¿Qué ocurrió? No quedó testigo alguno del acontecimiento. No pudo nadie escribir un relato para el futuro. La historia de la humanidad murió el mismo día en que el sol se apagó.
Tormentas de hielo nublaron el planeta. El aire arrancaba cabezas y elevaba hacia los cielos a hombres, caballos, hormigas. Todos eran iguales para el huracán asesino que asoló el mundo. Y la vida tal cual la había conocido el hombre, desapareció.
Ya no hay noches ni días. No hay sol ni estrellas, ni luna. Todo es oscuridad. Las sombras, que antaño fueron humanas, pasean por la Tierra muerta. No hablan, no comen, no aman. Fueron devorados por el frío. Pero no murieron. ¿Fue un castigo? ¿Un Dios, airado, las envió como la última plaga de una Biblia cruel? Podría ser, pero nada ni nadie se hallaba allá fuera para salvarlos de la oscuridad y del olvido. Era el destino final de la vida misma.
Con el sol murió la historia, los recuerdos y el amor. Todo se volvió gris, como el paisaje ceniciento que queda tras la erupción de un volcán que arrasaría con el mundo.
El sol se apagó. Alguien o algo lo desenchufó del generador universal de la vida para acabar con las almas perdidas de una humanidad que hacía años caminaba errática y sin rumbo....
Hace dos días que se han acercado a examinar el planeta. Desde el espacio se observa que ya no es azul, la atmósfera ha desaparecido y el color que se transmite a través de la imagen de las pantallas de la extraña nave, que flota ingrávida, es el gris, sin matices, un gris sin alma, como todo lo que ha quedado en ese planeta muerto en vida.
Todo está preparado ya. Las naves descienden y aterrizan en los duros y helados suelos de la Tierra. Se abren las compuertas y se extienden las rampas de salida. Unos seres mecánicos, negros, como la noche que ilumina el planeta, surgen del interior, en formación. Como un ejército invasor, penetran en el planeta azul, que ahora es gris y está triste.
Las sombras emergen de sus cuevas. Algo las llama sin emitir sonido alguno. Se sienten atraídas por una fuerza inexplicable y sin sentido. Millones y millones de seres apagados, sin alma y sin libertad de pensamiento, se detienen al llegar a las naves. Enfrente, el ejército de robots los analiza con sus escanéres manuales. En las pantallas de las naves aparecen claramente los resultados de sus análisis.
"Están todos apagados. No queda ni un solo átomo de luz en sus cuerpos. Podemos recogerlos"
Todos los seres avanzan, atraídos por la fuerza que ejerce la radiación que emiten las naves. El ejército permanece vigilante. Ha abierto un pasillo para dejar pasar a las sombras. Penetran en la nave sin mirar atrás. Ya no piensan. Ninguna analiza la situación. Ninguna siente temor ni rebeldía. No queda nada humano que ilumine los corazones de estos espectros.
La Tierra ha quedado vacía de vida. Todo ha terminado. Lejos, en un universo lejano existe un planeta activo. Un planeta repleto de seres muertos que trabajan. Son esclavos del universo. De allí extraen la luz que ilumina las estrellas. La energía es transportada a nuevos soles que se encenderán y crearán vida de nuevo.
Cuando los nuevos planetas creados a partir de esos nuevos soles están preparados y superpoblados de seres opacos, las naves se acercan, sigilosas, y apagan los soles que les han dado la vida. Le extraen la pila de energía que los mantenían con vida y aguardan, escondidas, tras una luna cualquiera, a que el tiempo haga el trabajo sucio. Y así ha ocurrido siempre, durante toda la eternidad, y así seguirá ocurriendo. Es el ciclo infinito de la vida del Universo.
La Tierra continua girando, sola, muerta. Sin sol que la alimente, ha perdido el alma. Solo una pequeña sombra surge de una cueva. Negra como la noche que la acompaña, olfatea el aire vacío de oxígeno. Ha hallado una nueva forma de sobrevivir. Se alimenta lamiendo las piedras y no necesita luz para existir. Sus ojos amarillos escrutan el espacio, se elevan al cielo negro y un atisbo de sonrisa rebelde los ilumina una décima de segundo....
viernes, 28 de diciembre de 2012
LA LEYENDA DE LA SIERRA MECÁNICA DEL PANTANO DE ARGUIS
"Cuentan los ancianos del lugar que todavía se oye la sierra mecánica a lo lejos en días como hoy. En esas fechas no salen a cazar al bosque. Temen que regrese desde el fondo del pantano y vuelva a matar".
Es cierto esto que os cuento. Hoy estoy tomando café con un pastor del pueblo. En el viejo bar con las mesas carcomidas y repletas de firmas. Le tiemblan las manos mientras recuerda los sucesos de aquel otro viernes. Siente miedo y me dice, bajito, que no se me ocurra acercarme al bosque y menos pasear por la presa.
"Él está allí. Nunca lo encontraron. Se lanzó al lago después de matar a quince personas. La policía buscó con buzos. No lo hallaron, ni a él ni a su sierra mecánica, comprada en la ferretería de la ciudad aquella misma tarde de los asesinatos".
El anciano me mira y sorbe de su taza. Un ruido incómodo rompe nuestro silencio. Yo anoto en mi libreta todo lo que me cuenta, ávida, son datos exclusivos para mi reportaje periodístico.
Quiero ir más allá, no solo escuchar sus palabras y le ruego que me acompañe a la presa. Deseo caminar por las mismas húmedas sendas por las que caminó aquel loco asesino. Y el pastor me mira asustado pero asiente. Le han convencido un fajo de billetes que, mágicamente, han salido de mi bolso. Pienso que no tengo escrúpulos pero mi revista me ha dado instrucciones bien claras.
"Queremos fotos, pruebas, testigos, no escatimes en gastos".
Salimos del lugar caminando encogidos. Una brisa helada, había nevado en las cumbres de las montañas la noche anterior, nos enfrió los ánimos. Sentí una punzada de miedo pero no quise demostrarlo y continué caminando junto al pastor.
La presa estaba desierta, como ya dije, ese día no pescaban, si salían a pasear a los perros. Era un día de asueto para los hombres del bosque. La serrería cerraba por descanso semanal y todo el mundo se refugiaba en sus casas al calor del fuego del hogar.
El bosque también se encontraba en silencio. Me extrañó no escuchar ni un trino de pájaro. Avanzamos por la senda con los sentidos en guardia. Algo tenso se respiraba en el ambiente.
El pastor se detuvo a mitad de camino y me miró con ojos cansados.
- Escuche.
Y oí a lo lejos el sonido de una sierra cortando ramas. ¿Ramas? La serrería estaba cerrada. Ningún trabajador había salido esa mañana a faenar.
- Deberíamos irnos. Él sabe que hemos venido a buscarlo. ¿Ve ese árbol? Allí encontraron apoyado el último cuerpo mutilado. Aún hay restos de sangre seca en las raíces salientes. Mire.
Hice fotos, eran las pruebas reales de aquellos misteriosos asesinatos. Mis jefes estarían contentos.
El sonido de la sierra mecánica se oía más nítido y dejé de hacer fotos. Nos miramos asustados. Estaba allí, a dos pasos de nosotros. Vi como un destello metálico surgía de la maleza y, sin tiempo a reaccionar, la cabeza de mi testigo principal del relato rodó por el suelo.
Grité enloquecida y salí huyendo. Por el camino perdí la cámara, los zapatos y el bolso con el cuadernillo de notas, pero no me detuve a recogerlos. Mi vida era más importante que la noticia.
Una carcajada tronó en el bosque y volvió a rugir la sierra junto a mis oídos. Al mirar atrás vi a un hombre. Llevaba una máscara y sonreía.
No regresé nunca a ese pueblo, no escribí el artículo. En la revista me trataron de loca. Pero yo tenía pruebas de que fue verdad lo que ocurrió. Llamé al ayuntamiento y pregunté por Pascual, el pastor que me acompañó al bosque. Me contaron que llevaban meses buscándolo por toda el monte. Creían que se había perdido. Su casa estaba cerrada y sus ovejas abandonadas.
Soy la única qué conoce su paradero. Antes de desaparecer, el asesino arrojó su cabeza al fondo del pantano....
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