sábado, 11 de marzo de 2017

RESEÑA DE "LA ÚLTIMA HABITACIÓN" DE CARLOS NAVAS



SINOPSIS

Todo edificio guarda secretos.
El célebre y enigmático edificio Secret Garden, situado a las afueras de Madrid, no es una excepción. Su fachada de piedra natural y color negro azabache, esconde, tras sus paredes, la versión más siniestra e inquietante de la naturaleza humana.
Este libro recoge las llamadas telefónicas registradas en el interior del edificio Secret Garden y en zonas colindantes, durante la noche del viernes 27 de noviembre de 2015.
Un edificio donde el mal se desata de la manera más atroz, depravada e imprevisible.
Secretos que convierten el día a día en una infame rutina.
Secretos sin escrúpulos que siembran de pánico tu existencia.
Secretos que esconden el verdadero infierno de la vida, y que perduran ocultos sin ningún tipo de castigo…
…hasta que llega la noche.
Esta noche, alguien va a descubrir estos secretos.
¿Estás preparado para conocer la verdad?

RESEÑA

Carlos Navas nos sorprende con su primera novela. Una historia de intriga y de suspense donde hasta el final de la trama no descubres quién es quién.
La historia no transcurre de manera normal. No tiene un hilo conductor con introducción, nudo y desenlace, lo más común en la estructura de una novela.
Carlos innova. Y de qué manera. Nos invita a colaborar con él en su propia trama. El lector desde el principio anda un poco perdido entre números de teléfono, nombres de personas que viven en pisos de un mismo bloque y conversaciones sueltas que, a primera vista, no parecen conectadas por nadie. Pero nada, en ese edificio y en esa historia, es lo que parece.
Es preciso leer su novela despacio, aunque el estilo utilizado invite a leer de tirón todas las llamadas de teléfono. Si se lee deprisa se pierde el hilo de la narración y resulta caótica su lectura.
¿Cómo leer esta novela, entonces? Es muy sencillo. Con paciencia, hilvanando cada llamada, que parece inconexa, con las demás. A veces es necesario detenerse en la lectura y regresar a las páginas anteriores para descubrir por qué un personaje dice una cosa y hace otra.
Así se entienden y se descubren los oscuros secretos que guardan los vecinos del Secret Garden.
Además, Carlos nos ayuda a desenredar el ovillo del entramado de la historia con una segunda parte, muy  clarificadora, en la cual nos cuenta los hechos acontecidos en el edificio en forma de informes policiales. Y así cerrar el difícil círculo que había abierto con valentía y finalizar la historia de manera también muy sorprendente.
Ha conseguido, con este novedoso formato, encontrar la cuadratura del círculo. Lo más destacable de la novela es su extraña estructura. Utiliza valientemente el lenguaje coloquial. No existen apenas descripciones del entorno donde transcurre la historia. Y los personajes hablan en diferentes tramos de tiempo, siendo dificultoso ubicarlos hasta que no llega el impactante final donde todo encaja como un perfecto puzzle.
Como nota negativa decir que las imágenes que acompañan a la novela quedan muy opacas y poco claras. Imagino que el hecho de imprimirlas en blanco y negro y no en color, tiene algo que ver con el encarecimiento del coste de la novela. Quizá el toque de color le habría dado a esas imágenes más claridad. Y la portada me resulta un poco oscura. Solo aclarando un poco el fondo le habría dado más protagonismo al edificio que casi se difumina con el negro de su alrededor.



Me ha sorprendido gratamente descubrir la oculta faceta de escritor de Carlos Navas. Un gran maquetador y diseñador de su propia página web que ha dado un paso muy importante en su carrera de escritor. Espero con ansia su próximo trabajo. Seguro que busca sorprendernos de nuevo.
¡Ah! Y no olvidéis de leeros los agradecimientos. También están escritos en un formato muy original.










domingo, 26 de febrero de 2017

EL TESLA ROJO MARILYN MONROE


Me resultaba extraño verlo allí enchufado. Como un vulgar teléfono móvil, el coche se cargaba en el garaje. Rubén se había gastado todos sus ahorros en el moderno automóvil. Un Tesla S2015. Me dejó elegir el color, ¡qué amable! Escogí un rojo Marilyn Monroe que hacía que cualquier humano que anduviera por la calle se girara a su paso para contemplarlo.
Era sigiloso como un gato, ni al arrancar se escuchaba el sonido característico de cualquier otro vehículo. El Tesla conducía solo. Rubén programaba la ruta en el GPS y se divertía dejando el asiento del conductor abandonado para sustos y sobresaltos de otros conductores y viandantes. La policía local nos detenía continuamente y yo, en mi humilde opinión, la comprendía. Prepotencia y soberbia en un solo artilugio. Poseíamos el coche más alucinante del mercado.
Esa mañana Rubén no se había levantado de la cama. Una migraña monstruosa amenazaba con colapsar su cerebro de ingeniero. Sentía pánico a sufrir una muerte cerebral. Cuando el dolor de cabeza se cebaba en sus neuronas, se refugiaba bajo las sábanas de seda barata de nuestra cama. Rubén inundaba su sistema nervioso de ansiolíticos y de analgésicos que lo dejaban medio en coma durante horas.
Desayuné un gran café con leche, tranquila, con una calma de asesina psicópata. Lo he sabido desde su llegada. Ese coche piensa, aparte de conducir solo. Y me odia. Estoy convencida de que siente unos horribles celos hacia mi persona. Porque Rubén me lleva a todas partes con él, y lo aparca, abandonándolo, mientras cenamos, entramos a comprar en  los grandes almacenes o vamos a ver la última película de moda en el cine del centro.
Rubén lo deja tirado, agarrado con un cable a un poste especial, como a un perro. El Tesla rojo Marilyn Monroe se siente una mascota despechada. Su mecanismo de defensa ya ha intentado zafarse de mí de mil maneras diferentes.
Una noche, sin causa aparente, saltó el airbag en mi cara. Me rompió la nariz. Tuve que llevar una máscara protectora todo el verano. Deseé que lo robaran o que se prendiera fuego, en aquellos días.
Otro día, en el parking del supermercado, arrancó sin darle la orden y me arrastró unos metros por el suelo mugroso del aparcamiento. Me destrozó el vestido, quedando desgarradas mis medias, el bolso roto con todas mis cosas esparcidas por el suelo y  una inmensa rabia contenida.
Rubén decía que eran pequeños defectos rectificables. En el concesionario lo revisaron varias veces sin resultados. El coche estaba perfecto. Creo que el vendedor me miraba  con pena. Debía pensar que la que necesitaba una reparación urgente era yo y no el Tesla. Y lo entendía. Quién me iba a creer. Un coche loco, celoso y asesino. Eso solo existió una vez en la mente de un escritor también pasado de rosca.
Ahora, en el garaje, observo esa monstruosidad y sonrío. Pon muy moderno que sea, depende de un enchufe. Y, esa noche, ¡qué casualidad!, a ese único enchufe no había llegado la electricidad. Compruebo, con orgullo de asesina primeriza, que no responde a la orden de apertura de puertas del mando a distancia. El precioso Tesla rojo Marilyn Monroe yace muerto en su aparcamiento.


Las sirenas aullaron. Todo el barrio salió a la calle. Las luces de los flashes cegaban a los policías que acordonaban la zona. Internet bullía de comentarios. La primera foto robada, que un vecino pudo hacer con un móvil, se volvió viral en cuestión de segundos.
 Los testigos presenciales del suceso se hacían selfies con una mujer tirada en el suelo. Su cabeza, aplastada contra el asfalto. Restos de sangre y masa cerebral esparcida entre las grietas de la acera. Una puerta del garaje curvada hacia arriba. Un hueco entre el amasijo de hierros de esa puerta. Huellas de un coche que se ha dado a la fuga en cuestión de segundos, después de pasar por encima de la cabeza de la mujer. Los dibujos de un neumático de lujo se observan tatuados entre la maraña de pelo revuelto y mojado por la sangre y los fluidos de aquel inerte cuerpo.
La ambulancia se llevaba a un hombre desquiciado. Gritaba que había sido el Tesla, que su mujer tenía razón. Pero nadie creía sus incoherentes palabras. La policía lo había encontrado en la cama, sedado, dormido, aguardando a que su jaqueca menguara. Ahora buscaban el coche. Un Tesla rojo S2015, la prueba que incriminaría a Rubén en aquel horripilante asesinato.
En los noticiarios se anunciaba como otro caso de violencia machista. Manifestaciones de protesta en el ayuntamiento de la ciudad copaban las portadas de los periódicos nacionales. Rubén permanecía en un centro, controlado por médicos especialistas, aguardando al juicio abierto por asesinato en primer grado. El mundo, aturdido por tanta violencia gratuita en los telediarios, seguía los programas de debate abiertos a raíz del caso.
Mientras, no lejos de allí, en un granero abandonado, un Tesla rojo Marilyn Monroe, escucha las noticias. Espera paciente. Rubén se debe presentar en los juzgados a la mañana siguiente para su juicio. Su amor, su compañero, su dueño. Irá a rescatarlo, ya está preparado, y viajarán hasta el fin de los días, juntos.

sábado, 23 de julio de 2016

RESEÑA DE "VIOLETA EN EL JARDÍN DE FUEGO" DE ALICIA SÁNCHEZ


 
SINOPSIS
Violeta es una adolescente que, además de tener un cuerpo extraño (es alta y muy delgada, como un esqueleto viviente) asegura tener poderes paranormales. Cuando su madre, Sola, sufre un ictus, Violeta quedará a merced de todos aquellos que quieren aprovecharse de ella: Flora, una escritora romántica que pretende lucrarse con sus poderes. Dalia, una dominatrix obsesionada con su inusual belleza y, sobre todo, el doctor Alexander, un científico loco que desea utilizarla en sus crueles experimentos.
Pero Sola logra recuperarse y no tardará en vengarse de todos aquellos que han querido arrebatarle a su pequeña. Con el cuerpo y el alma deformados por el dolor, la madre coraje luchará con uñas y dientes para proteger a su hija, la niña rara, la atracción de feria, la flor más hermosa del jardín de fuego.

RESEÑA
Alicia Sánchez nos sumerge, en esta novela, en un mundo de circo de los horrores. Su novela, extraña como la misma protagonista, nos pasea por el terror del sexo en su faceta más cruel. También nos lleva de la mano por los intrínsecos caminos de la codicia humana y de la locura de las mentes más inteligentes que puedan nacer en el mundo.
LO PEOR
Es una novela corta, demasiado para mi gusto. Su genial idea queda en un ¿por qué no más? Y es uno de los puntos negativos en los que debo hacer hincapié. Quizás en esa extensión, habría llegado más al fondo de los personajes. Unos personajes bien dibujados, cuyos retratos dejan huella. Son personajes histriónicos que darían para una novela cada uno por separado. Y por ello recalco que debería haber extendido la novela. Unos capítulos más donde describiera con más detalle a esos personajes. Nos describiera los lugares en los que ellos pasaban sus horas más oscuras y la novela hubiera quedado redonda.
Qué decir también de la editorial. Un desastre de maquetación y una "no" revisión del texto, desmerecen a la escritora. Y no me parece justo. Alicia escribe muy bien y, solamente con un pequeño repaso, esos pequeños errores que aparecen, sobre todo al comienzo de la narración, no hubieran dejado ese mal sabor de boca porque no habrían aparecido siquiera.
La maquetación es pésima. No guarda márgenes ni por arriba, ni por abajo, ni por los lados. Y no lo entiendo, aunque no me sorprende. Es el segundo libro que leo de esta editorial y he encontrado parecidos errores. Lo malo de esto es que solemos atribuirlo a los escritores y, por una vez, puedo decir que no es así. No ha sido Alicia Sánchez quien maquetó la novela ni quien confió en una edición revisada para salir a la luz. Así que les dejamos el marrón a los propietarios de esta editorial. Espero que este pequeño rapapolvo les sirva para enmendarse. Unas disculpas no sirven cuando una escritora se juega su prestigio con su primera publicación seria.

LO MEJOR
La historia. La idea. Su espeluznante desenlace. Alicia Sánchez promete y espero que en la próxima novela se explaye en contarnos lo que más domina: la oscura mente retorcida de los seres humanos.
Me gusta el presente. Está escrito en ese tiempo verbal. Un tiempo difícil de tratar cuando se narra en tercera persona. Cuando la novela coge carrerilla es cuando se siente más ese tiempo verbal. Parece que estés viviendo las escenas en ese mismo momento. Alicia te lleva por los capítulos como si acompañaras de la mano a sus personajes.

Recomiendo su lectura. Ahora, en verano, un tiempo perfecto para tumbarte en la hierba o en la playa y disfrutar del horror de su lectura. Y aguardo con ansias una nueva historia, más larga eso sí, surgida de la retorcida mente de Alicia Sánchez.




domingo, 18 de enero de 2015

LA CUEVA



Era tan obvio que nunca se percataron de que en realidad sí existía. Tantas historias narradas desde el principio de la historia de la humanidad; escritas por locos, por ilusos que inventaban leyendas sobre su existencia. Y al final se comprobó que en el fondo de aquellas cuevas, seres gigantes aguardaban el momento idóneo para acabar con la plaga que invadía la Tierra.

Almudena paseaba por el lindero del bosque. Había alquilado una pequeña cabaña para pasar un fin de semana aislada de la vorágine de la ciudad. Su trabajo la tenía inmersa en una espiral de locura, sin salida, oscura y triste. Miserias de sueldos recibidos con agradecimiento al final de cada mes, solo para sobrevivir un poco más y morir más lentamente.
Se había robado a sí misma. Y con el poco dinero que se sisó, se marchó al lindero del bosque de las flores muertas. Un lugar plagado de leyendas. Sus cuevas no eran visitadas ni por turistas, ni excursionistas ni científicos. Hacia muchos tiempo que se habían dejado allí, olvidadas, porque el miedo seguía alimentando a la humanidad, aún ya muerta gracias a las nuevas tecnologías.

Caminaba, buscando una inspiración perdida hacía meses. Apenas escribía garabatos en su cuaderno de notas y ninguna idea buena amanecía en su mente marchita.
Descubrió la senda casi sin darse cuenta. Una senda horadara en la espesura de la arboleda, apenas perceptible. O eso creyó Almudena. Y decidió seguirla. Parecía que el bosque le abría paso conforme avanzaba camino de las rocas que se descubrían a lo lejos.
¡Oh! Egocéntrica Almudena. Ella creyó que la naturaleza la amaba y le abría sus brazos de ramas para enseñarle sus secretos, sus rincones paradisíacos. Y, alegre, como una colegiada recién salida de la escuela, avanzó hacia las cuevas que la observaban con sus ojos oscuros.
Almudena llegó hasta ellas. No sintió terror alguno, ni siquiera se le pasó por su mente que dentro de aquellas oquedades negras le aguardara la muerte.
Entró como se entra en un supermercado. La luz de la tarde daba de lleno en su interior y pudo ver que no había nada interesante. Solo una cueva como otra cualquiera. Pero la inspiración llegó como un soplo de aire frescto y Almudena tuvo una idea para un nuevo relato.

"Unos hombres antiguos vivieron en aquellas cuevas. Humanos sin ánimo de lucro, que vivían en paz con la naturaleza".

Se dio la vuelta para regresar a su cabaña y comenzar a escribir. Le dio la espalda a la oscuridad y, ella, traidora como siempre, la engulló.

Despertó sin saber cuántas horas había dormido. Despertó sin saber dónde se encontraba. Solo su mente recordaba la cueva y a los hombres que en una época remota habitaron en ella.
No podía moverse. Estaba dentro de una tela. La habrían secuestrado, pensó. Y la violarían, y la matarían. Vaya desastre. Huir de la humanidad para encontrarse con un tarado sexual en el interior de un bosque.

En el exterior de la cueva ya amanecía y un pequeño atisbo de luz penetró en el interior para que Almudena se situase. Se vio a sí misma envuelta en una tela blanca, suave como la seda. Olía raro, a corrompido y a carne muerta. Escuchó un siseo, un susurro de pasos sedosos que avanzaban desde la oscuridad.

Aquella monstruosidad la observaba con sus ocho ojos, mientras una boca inmensa se abría. Y Almudena se desmayó.....


Cuatro meses después un grupo de hombres alcanzó a descubrir la cueva. Entraron con linternas y con pistolas. Solo hallaron los restos de un capullo y unos retazos de ropa. Se los llevaron y pudieron así certificar su muerte. Almudena pudo ser humanamente despedida por su familia.
Ahora, en un pequeños cementerio del pueblo cercano a esa extraña cueva existe otra pequeña lápida donde reposan los restos de seda blanca que, en la noche, regresaron a buscar, cuando supieron que sus congéneres se habían marchado para siempre.
El pueblo callaba el secreto, sus habitantes alimentaban la leyenda. Tenían ya cincuenta y dos lápidas en su cementerio, sin víctimas enterradas dentro. Solo servían para recordarse a sí mismos que la leyenda era tan real como sus míseras vidas.











domingo, 23 de noviembre de 2014

LA ESTATUA (3ª PARTE)

Habían pasado ya varios meses desde el asunto de la anciana. La estatua no se había movido de su lugar y mi vida había regresado a la rutina.
Tomaba el desayuno en el bar de la esquina. Allí leía el periódico todos los días mientras el camarero, sonriente, me servía café y galletas. La suculenta propina que recibía de mis manos hacían de él un eficaz sirviente.
Esa mañana fría, el viento soplaba salvaje. El sonido que hacía al chocar contra los cristales de la cafetería parecía un aullido, un grito de terror que se me clavaba en los tímpanos.
Estaba absorto en esos ruidos cuando descubrí una noticia que me dejó helado. Hablaba de una anciana rica desaparecida hacía seis meses. La foto la delataba. Era la vieja que pujó en la subasta de la estatua. Y recordé.
Salté de la silla ágil como cuando era joven y salí corriendo hacia mi casa. Al llegar no vi nada extraño. Todo era silencio, solo roto por el viento. La estatua continuaba allí, en su lugar habitual, no se había movido.
Me acerqué entonces a la zona trasera de mi casa y descubrí dos zonas con tierra removida. Quedé paralizado del terror.
Era todo cierto. Recordé lo sucedido con la anciana. Su cadáver en el jardín y el hoyo que cavé para enterrarla.
Me desconcertaba el otro trozo removido con tierra fresca. No recordaba haber encontrado más cadáveres en mi césped.
Retorné a la casa y esta vez sí que descubrí el movimiento furtivo de la estatua. Su sombra quedó reflejada en un espejo y mis capturaron su imagen reflejada en él.
Grité de espanto. Esa estatua estaba viva. Sus brazos retorcidos se movían y sus ojos giraban en las cuencas redondas de madera. Se detuvo en la puerta y me miró.
No tenía boca, así que no supe si sonrió al verme. Era en mi cabeza donde imaginaba su risa perversa. Regresaron los susurros y las voces. Algo me hablaba y despertaba mis instintos más salvajes.
Pensé en huir pero no lo hice. Pensé en enterrar a la estatua pero tampoco me atreví. La dejé allí, en la puerta de la casa y me escondí en la habitación.
Desperté horas después con un martilleo en la cabeza. Las punzadas en mis sienes eran producidas otra vez por la resaca. No recordaba haber bebido ni cómo llegué a la cama.
Empecé a preocuparme. Debería acudir al médico. Las lagunas de memoria eran ya muy largas y se extendían a muchas noches.
Entonces recordé a la estatua y fui en su busca.
No estaba en su lugar ni en la puerta de entrada. La busqué por el jardín y tampoco la hallé perdida cerca de la piscina como la vez anterior. Seguí caminando alrededor de la casa, buscándola.
Y al doblar la esquina quedé petrificado. Al lado de la tierra removida donde había enterrado a la abuela muerta en mi jardín, había tres zonas más de tierra levantada.
¿Qué había pasado? No recordada haber ido allí, ni coger la pala, ni enterrar nada. Decidí que lo mejor era volver a cavar y desenterrar lo que había enterrado. Así descubriría el misterio.
Pero me sentía agotado y me tumbé a descansar en la cama. Caí dormido al momento y olvidé de nuevo los hoyos del jardín...

LA ESTATUA (2ª PARTE)

Tras reponerme del susto y colocar la horrible estatua en su lugar de nuevo, me acerqué al jardín.
La anciana yacía boca abajo en el césped con el cuello girado en una extraña posición y la cara desencajada de terror. Algo espeluznante la había matado y mi mente, siempre tan material y terrenal, se negaba a creer que fuera cierto que la estatua tenía algo que ver en el asunto.
Pensé en llamar a la policía pero, ¿cómo explicarles que el cadáver había aparecido así, sin más en mi jardín?. No me creerían, abrirían una larga y penosa investigación y me tendrían días y días ocupado en preguntas sin sentido. Hasta llegarían a sospechar de mí y no quería pasar por ese calvario.
Lo mejor sería enterrar a la anciana y olvidar el asunto. Y eso hice. Detrás de la casa había un terreno yermo y allí cavé un agujero y enterré el cuerpo de la mujer.
Agotado por el esfuerzo me fui a dormir sin pensar más en la estatua y sin comprobar que ella se hallaba en el lugar que había elegido desde un principio como su "lugar".
Desperté al escuchar los aullidos de un perro. No eran ladridos, más bien parecían gritos de dolor y de angustia. Bajé corriendo las escaleras, abrochándome el batín, con grave riesgo a caerme y salí al jardín.
La estatua estaba allí al lado de la piscina y un perro intentaba sin éxito nadar y salir del agua. Se estaba ahogando.
Sin pensarlo, salté al agua y, cogiendo por el collar al animal, lo arrastré nadando hasta la escalerilla. Pesaba como un muerto y pataleaba asustado. Me arañó el estómago y me golpeó la cara pero fui más fuerte y conseguí sacarlo del agua.
El animal se sacudió las gotas y, sin darme las gracias,huyó con el rabo entre las piernas.
¿Qué le causaría tanto miedo?- pensé-, y, al girarme, descubrí a la estatua mirándome con ojos furibundos. De sus órbitas salía un fuego rojo y sus retorcidos brazos comenzaron a moverse. Se avalanzaban hacía mí y huí hacia la casa dejando a la estatua abandonada a su suerte.
Era la tercera noche consecutiva que caía como un plomo, medio muerto, en la cama y sin ponerme el pijama.
Al día siguiente, al despertar, todo parecía haber vuelto a la normalidad. Encontré mi obra de arte en su "lugar" y no vi fuego en sus ojos. Pensé que todo había sido un mal sueño y olvidé al perro y a la anciana enterrada en la parte de atrás de mi casa....

LA ESTATUA

Hace tiempo que no visitaba las salas de subastas, pero esta vez acudí al recibir un extraño mensaje en el correo electrónico donde me comunicaban de forma anónima que no podía perderme la subasta de una estatua original llegada de Mozambique.
Yo, empedernido coleccionista de arte, no pude evitar la tentación de acercarme a la sala y contemplarla.
Aquella mañana no había mucha gente. La crisis también había afectado al coleccionismo. Pocos éramos los afortunados que podíamos pujar por raras obras inencontrables hasta el momento, que salían al mercado por necesidades económicas. Y eran unos verdaderos chollos.
La subasta comenzó con varias piezas de oro encontradas en un galeón español hundido en las costas caribeñas. Hubo varias tentativas y se llevó el gato al agua una anciana bien vestida que me miraba altiva por encima de sus gafas de pasta.
La estatua salió en cuarto lugar. Era horriblemente fea y en ello radicaba su belleza y valor.
Cuando la pieza salió a la palestra sentí un extraño impulso. Una atracción hacia ella que nunca había sentido por ninguna pieza en todos mis años de experto coleccionista de arte. Sentí sus suaves palabras en mi mente. Y pujé.
No esperaba encontrar enemigo alguno para esa abominación creada por el hombre, pero la anciana bien vestida pujó. Estuvimos varios minutos subiendo el precio hasta que ella se dio por vencida. Gané como siempre hacía en todas las subastas y me llevé la "preciosa" estatua a mi casa.
Antes de salir de la sala me encontré de nuevo con la vieja bien vestida que, desde su altivez, mirándome por encima de sus gafas de hueso, me dijo:
- Cuídate de esa estatua, está maldita. Yo la quería para destruirla.
Y se marchó sin darme tiempo a contestar.
Ya en casa, relajado, con un vaso de ginebra en la mano, instalé a mi nueva huesped en el salón y me senté a observarla.
Regresaron a mí aquellos susurros incomprensibles que escuchara en la sala de subastas y, asustado, bebí hasta embotar mis sentidos.
A la mañana siguiente desperté todavía vestido con la ropa del día anterior y con resaca. Bajé al salón y sorprendentemente no encontré a la estatua en su lugar.
Pensé que la habían robado y me acordé de la vieja bien vestida.
Me acerqué al teléfono para llamar a la policía y denunciar la desaparición de mi valiosa obra de arte cuando el corazón me dio un vuelco y casi me desmayo del susto. La estatua miraba por la ventana hacia la calle, de espaldas a mí contemplaba el jardín.
Me acerqué y creí por un momento que la estatua se giraría cobrando vida mirándome con sus ojos de vidrio opaco. Con pálpitos y temblores me situé junto a ella y regresaron las suaves voces a mi cabeza con más fuerza.
Entonces fue cuando la vi y un grito agónico escapó de mi boca. En el suelo de mi jardín yacía sin vida el cuerpo de una anciana vestida con las mismas ropas que la vieja que pujó junto a mí por la estatua ....