jueves, 15 de marzo de 2012

LA NOCHE Y SU VIDA

Una suave lluvia, de esas que calan y no te percatas, caía silenciosa en la noche abandonada de la ciudad.
Un gato correteaba cerca de la basura. Perseguía una cucaracha que se había aventurado a salir de la alcantarilla.
Desde la ventana de la casa se podía observar ese mundo oscuro, subterráneo, al que nadie le da importancia durante el día. En cada rincón de la ciudad se movían las sombras, cobrando vida, mientras las luces de las farolas iban cediendo su luz a la oscuridad.
Desde el refugio de mi sala de estar pensaba en las luces. A veces solo fallaba una farola, en otras ocasiones eran dos o incluso tres seguidas las que se apagaban y al cabo de cierto tiempo volvían con su luz amarillenta para alumbrar a las sombras.
Me di cuenta, después de vigilar cada noche la calle, que cuando las farolas se apagaban, dejaban paso a ese mundo oscuro que todos ignoramos. Se abrían las puertas de otra vida que solo podía disfrutar de este mundo en esos pequeños retazos de oscuridad.
Durante el día no conseguí descubrir ningún indicio de esas puertas, ni de esos seres que se mantenían ocultos en la oscuridad.
Después de pensarlo detenidamente, decidí salir una noche y aguardar escondido, como el gato que espera su presa, a que las farolas se apagaran.
La puerta a otro mundo se abrió en el mismo segundo que la farola dejaba de iluminar la acera y una sombra semitransparente surgió y desapareció en el aire. Salí de mi escondrijo y olí la oscuridad.
Percibí por el rabillo del ojo otras sombras que se detenían a observarme. Las farolas de la calle se fueron apagando una a una y me envolvió el negro de la noche sin luna.
Una mano me agarró del brazo y me empujó a un abismo. Caí infinitamente al vacío.
He despertado en la oscuridad. Aquí no hay nada, ni nadie. No hay farolas ni gente. Solo negrura. Un abismo infinito de oscuridad.
Quiero volver a mi mundo pero no encuentro un atisbo de luz que me abra la puerta.

jueves, 1 de marzo de 2012

EL FISGON

Parece Toledo, me digo, mientras asciendo la escalinata y tropiezo con los adoquines torcidos, con los salientes de roca mal encajada y resbalo con las zapatillas viejas de suelas raídas y cordones desgastados.
La escalera parece no tener fin. He contado sus peldaños, llevo ciento ochenta y todavía no atisbo su final. ¿Será la escalera que sube al cielo? Al final de mi trayecto encontraré a San Pedro con las llaves de las suites y me asignará la que me corresponde por mis buenos servicios en el mundo terrenal.
Río como un lunático y mis carcajadas retumban en las solitarias y extrañas casas que me acompañan en mi ascenso infinito. Extrañas porque al mirarlas de nuevo me percato de que carecen de puertas y ventanas.
Continúo el ascenso por la escalinata ennegrecida. El sol se aleja y las sombras comienzan a invadir el estrecho espacio entre paredes. Me dan miedo. Se asemejan a las personas que un día debieron habitar aquellas casas sin puertas ni ventanas. Pienso, entonces, en sus almas perdidas, vagando sin rumbo, escaleras arriba y abajo sin encontrar la salida a este oscuro laberinto e, incluso, puedo escuchar sus gemidos lastimeros suplicando clemencia y libertad.
Un momento..., veo una luz que se asoma a través de una ventana solitaria, entre tanta oscuridad, esa luz me reconforta. Desde donde estoy, puedo distinguir una biblioteca bien surtida en un salón acogedor. Mucho me temo que este loco viaje de subida ha tocado a su fin. Entro por la ventana, escojo un libro al azar y me siento en un sillón Basili alumbrado por una Tíffanys de pie, inmediatamente me doy cuenta de que el libro está nuevo, se trata de una primera edición de Crimen y Castigo jamás abierto. Miro a mí alrededor, mi corazón se conmueve con la presencia de un Picasso, un Pollock y un Seurat inéditos. Esta debe ser la casa de un gran coleccionista, en cada rincón, perfectamente iluminada, hay una obra de arte. Siento que estoy en peligro, debo salir de aquí. Lo intento, pero un frío y duro cristal me lo impide, una luz enfoca hacia mis ojos, entorno la mirada aturdido y descubro el letrero que cuelga bajo mis pies: “El fisgón”, óleo sobre lienzo, Diego de Velázquez 1660.


(ESTE RELATO SE HA ELABORADO ENTRE FERNANDO LOZANO Y WISQUENSIN)

miércoles, 11 de enero de 2012

TURBIO

Turbio. Hoy me he levantado turbio. Es la única palabra que me viene a la cabeza. No distingo las cosas a lo lejos, se ven como distorsionadas. Y un pum pum en las sienes me sigue a cada paso.
Mi mente es un torbellino de ideas tontas. En el ascensor he visto entre nubes unos seres alados que me miran sonriendo. Pero no son ángeles, tienen dientes y los ojos rojos; son demonios, creo.
En la calle el sonido de mis pasos retumba en mis oídos y todo se ve turbio. Unas moscas me siguen. Escucho su zumbido asqueroso cerca de mis orejas y las intento espantar, pero ellas se alejan un poco y regresan al momento con su zumbar molesto.
La gente me mira al pasar. Deben pensar que soy un loco o que estoy borracho, dando aspavientos con las manos al aire vacío para ellos. No ven a todos esos seres que me siguen y me incordian.
Los ángeles del diablo se encuentran a mis espaldas y me tocan, me estiran de los rizos y ríen traviesos.
Al final corro enloquecido. Todo la realidad se convierte en un borrón. Las personas y las tiendas van desapareciendo en aquella oscuridad que avanza hacia mí. Grito.


La enfermera me pincha el brazo. Suavemente me levanta la cabeza y deposita una almohada. No habla, pero sonríe. Me produce paz su presencia. Todo es blanco y no parece que los ángeles y las moscas hayan podido entrar en ese cuarto tan limpio.
Oigo una tos. Es el doctor que me está observando muy serio. A su alrededor comienza a surgir la negrura de nuevo. Los ángeles han vuelto y al médico lo rodea un ejército de moscas. Sonríe y de su boca surgen más moscas. Cierro los ojos y quiero morir pero no muero. Sólo están allí, sonriendo, no me hacen daño. Tengo miedo y grito de nuevo.

Estoy atado y ya no puedo gritar. Una mordaza me tapa la boca. No quiero abrir los ojos pero la enfermera me coloca cruelmente unos palillos en los ojos para no cerrarlos. No puedo huir de ellos aunque intento, con movimientos bruscos, zafarme de las ligaduras que me atan a la cama.

El doctor y la enfermera sonríen. Las moscas los acompañan y a su alrededor solo les rodea la oscuridad. Vuelvo a sentirme turbio. Deseo dormir pero no puedo cerrar los ojos a causa de los palillos y mi mente se convierte en un infierno.

Ha pasado mucho tiempo. Hace horas, o días, o siglos, que el médico y la enfermera me han dejado solo en compañía de esos monstruosos ángeles que me enloquecen con sus risas de niños traviesos. No me dejan pensar, en mi mente revolotean pensamientos turbios, porque mi cerebro ha sido medio consumido por esa oscuridad y en mi cabeza ya solo habitan las moscas.

Deseo morir, anhelo poder cerrar mis ojos y sumergirme en el sueño del olvido. Sé que eso va a ser imposible. Mi tormento no cesará. He visto como me alimentan vía intravenosa. Soy un conejillo de indias en un experimento del infierno....

martes, 10 de enero de 2012

EL MUNDO ES UN SUEÑO

El mundo es un sueño. Desde lejos vislumbro el resplandor de la luz cegadora del sol que alarga sus rayos hacia la tierra.
La nave me aleja de ese espejismo y aterrado contemplo la realidad infinita que me rodea. La nada.
No existe el sonido ni la palabra. Todo es silencio y al fondo de este valle en penumbras contemplo la imagen de Dios.
En un espejo se reflejan los dibujos de los planetas que desde niño estudié curioso. Desde allí se expande su luz y su imagen.
La tierra no existe. Es solo un círculo de colores azules y marrones que un niño-dios dibujó en su día, y a su lado las piezas de un puzzle que forman figuras humanas y animales. El niño-dios juega con ellas y, a veces, cansado, las destruye.
Y al final de mi camino veo brillar una estrella. Es el final, es la verdad.

miércoles, 4 de enero de 2012

LA NUBE OSCURA

El río fluía triste. Las rocas ennegrecidas dormían la plácida noche infinita. En el fondo, las algas se mecían a compás de la corriente y algún que otro pez de agua fría mordisqueaba la arena en busca de migas que llevarse a su empequeñecido estómago pero al poco de nadar moría.
El bosque languidecía y las aves hacía días que habían huido. Ellas, las más inteligentes almas de aquel desierto planeta la vieron venir antes que nadie.
La sombra llegó por el río. Desde el horizonte se la veía acercarse como en "La Niebla", pero era real y olorosa. Un olor a podredumbre invadió el espacio de repente. El cielo se tornó de un rojizo infierno y el sol desapareció.

Aquella inmunda nube duró tres largos meses. Las cosechas se marchitaron, los animales murieron y el hombre decidió que la mejor manera de arreglar aquello era bombardear la nube. Los países ricos se unieron en la lucha contra aquella nube de inmundicia, pero con cada misil nuclear lanzado a los cielos, la nube se hacía más fuerte, más grande, más ancha. Y el sol ya nunca apareció en la Tierra.

Hace 2000 años de aquella catástrofe. Hoy ya ha salido por fin el sol y el río fluye manso y tranquilo. Algún pajarillo ya se oye en el bosque y los pececillos han vuelto a mordisquear las algas del fondo del pequeño río.
La nube se fue tal y como llegó. Se llevó lo que no servía, arrasó con la inmundicia, no quedó en la tierra ningún ser destructivo, ningún alma podrida. Solo sobrevivieron las almas limpias. En las rocas se ocultaron, asustadas pero unidas. Las máscaras de gas les salvaron la vida. Eran pocos pero volverían a poblar la tierra. Nunca supieron por qué razón llegó la nube ni quien la envió desde los cielos. Nunca se atrevieron a volver a las ciudades sucias, fueron las que peor paradas salieron de la catástrofe. Y temían que la nube regresara si los encontraba entre los escombros de piedra y hierros donde comenzaba a crecer la hierba.
El hombre aprendió a compartir el bosque y la tierra, a labrar con sus manos los campos y a servirse solo de lo imprescindible para su supervicencia y los animales volvieron a ser los dueños de su amada tierra.
Mientras, en el fondo de un volcán latía la nube oscura aguardando, agazapada, olisqueando el aire que ahora era libre de nuevo, en busca de seres con los que alimentar su carroña. Regresaría de nuevo....

martes, 27 de diciembre de 2011

LA ESQUELA MALDITA

Yo se lo dije a ella. Intenté convencerla por todos los medios y fue inútil. Se empeñó y no hubo manera de evitarlo.
Pero empezaré desde el principio.
En 1987 el periódico local publicaba la esquela de Fernando Gomes Santos, con un error de imprenta. El tal Fernando no se se apellidaba Gomes, sino Gómez. Lo que ocurrió aquella extraña jornada solo lo puedo contar desde la lejanía, en aquel momento ni yo mismo lo creí posible.
Fernando Gómez reposaba en su féretro cuando despertó y, sobresaltado, contempló a toda su familia llorando a su alrededor. Los médicos no daban crédito a ese despertar de la muerte y decidieron que había sido un error del doctor que firmó su defunción. Debió de tratarse de algún extraño caso de catalepsia, dirían para ahuyentar el miedo a pensar en un resucitado. Lo que nadie supo jamás es que a miles de kilómetros de allí, un tal Fernando Gomes Santos moría de repente al quedarse sin respiración en su país natal, Brasil, cayendo desplomado en su trabajo.
En 1994 ocurrió otro caso similar. El periódico local volvió a colocar el nombre del difunto con un error garrafal. Esta vez Mercedes Sanz Cardiés moría en Valencia, mientras que Mercedes Sanz Cardiel, nuestra adorable vecina del quinto, volvía de nuevo a la vida tras tres años intubada en el hospital.
En 2007 investigué a fondo y descubrí dos nuevos errores ortográficos en aquella esquela maldita salida de un cuento de terror. Intenté contactar con el director del periódico pero fue imposible llegar a saber quien era el causante de tales estropicios. Nunca dejaron que conociera el nombre del encargado de necrológicas.
Y así llegamos a 2011. Mi madre se empeñó, cabezona como nadie, en que la esquela de defunción de la tía Hortensia saliera en el diario local. Ella, ignorante de todas las esquelas que erróneamente habían causado la muerte de personas equivocadas, quería que todo el pueblo llorase la muerte de su cuñada.
Y yo, temblando de miedo, fui a comprar aquella mañana el periódico. En cuanto lo abrí supe que algo iría mal. La esquela estaba perfectamente escrita, no había error ortográfico alguno. "Hortensia Giménez Giménez", falleció el 10 de diciembre de 2011.
Mientras yo leía aquellas palabras impresas en negro en el diario, mi madre caía desplomada en el pasillo de mi casa. Muerta, a la vez que la esquela maldita publicaba su nombre. Se llamaba igual que su cuñada, casualidades de la vida.
Y hoy lloro su ausencia en esta habitación solitaria. Nadie creyó en mis teorías y el periódico siguió publicando aquella esquela maldita. Desde donde estoy no puedo investigar quien muere y quien renace, pero sé que todo continúa....

Ahora pido ayuda a quien lea estas palabras. Deben investigar y descubrir quién escribe en el diario local, quién publica esa esquela maldita, antes de que salgan nuestros nombres. Por favor, no os descuides, una mañana puede ser el vuestro...

lunes, 12 de diciembre de 2011

EL LIBRO ABIERTO

Todas las noches dejaba el libro cerrado sobre la mesilla. Se acordaba siempre de colocar la marca en la página donde terminaba su lectura y lo depositaba boca abajo sobre el pañito de ganchillo que le hizo su abuela.
Era todo un ritual, una auténtica obsesión. No dejar nunca el libro boca arriba. Debía dejarlo reposar, cerrado y bien cerrado, para continuar con su lectura la noche siguiente sin que pudiera haberse abierto o pasado páginas en su ausencia.

Pero aquella mañana siniestra lo olvidó.
Había leído hasta muy tarde y sus ojos cansados casi se cerraban siguiendo las líneas de la novela. Medio dormida depositó el libro en la mesilla y se adentró en su mundo de sueños.
A la mañana siguiente salió a trabajar sin pensar un segundo en el volumen que descansaba en la mesita de noche con la tapa hacia arriba mostrando su título: "La silla" de David Jasso.
Al atardecer, cansada, se desnudó, se dio una ducha caliente después de una frugal cena y se puso el pijama, dispuesta a terminar aquel libro que la tenía inmersa en su historia. Solo quería leer, leer y leer.
Un gutural gemido surgió de su boca y sus ojos desencajados observaron el libro abierto. Un miedo absurdo emergió de sus entrañas y comenzó a temblar mientras se acercaba al libro que reposaba en la mesita.
Contempló sus hojas y leyó sus letras, muerta de miedo. Lo que allí pusiera se convertiría en realidad, estaba segura.
..."Tenía un plan y lo iba a llevar a la práctica. De hecho ya había comenzado a llevarlo a cabo. Me arrastraba por el pasillo con el cuchillo entre los dientes, como feroz pirata presto al abordaje. Mordía con rabia el manco y notaba como mis molares dejaban muescas en el plástico negro, junto a los remaches sobre los que había pivotado. En mi cara parecía flotar una amarga sonrisa, pero no era tal, era un tenso rictus facial fruto de la presión con la que aferraba el cuchillo. Al tener la boca ocupada casi no podía gritar, había vuelto a mis viejos y queridos "Uhhhn" a cada mínimo avance."...
Sintió naúseas y un imperceptible temblor comenzó a propagarse por todo su cuerpo. Estaba leyendo y sabía que todo lo que leía se convertiría en realidad. Había sido así desde el principio. Tantos años recordando y teniendo cuidado para nada. Era el fin tal y como proseguía el libro.
..."En lo que a mí concernía ya había decidido cómo sería mi fin. No aguardaría a que la muerte me poseyera y me despojara de la poca dignidad que me quedaba, al igual que los granos de arena caen en un ancestral reloj. No, sabía lo que haría. Sujetaría el cuchillo entre los dientes, pero no como ahora, sino que introduciría su afilada punta de frente. En cuanto rozara mi paladar movería la cabeza bruscamente hacia abajo, golpeando el extremo del mango contra el suelo. Se hincaría del todo. Quizá la punta llegaría hasta mi cerebro reventándolo. suponía que sería ràpido y efectivo"...

Aquella última noche no durmió. Solo contemplaba el libro abierto en aquella horrible página sin que su mente pudiera pensar en otra cosa con los ojos desencajados por el terror.

La encontraron en la cocina, inconsciente. Apenas respiraba. Llevaba un cuchillo clavado en la frente. No había muerto de milagro pero las secuelas cerebrales serían irreversibles.