Turbio. Hoy me he levantado turbio. Es la única palabra que me viene a la cabeza. No distingo las cosas a lo lejos, se ven como distorsionadas. Y un pum pum en las sienes me sigue a cada paso.
Mi mente es un torbellino de ideas tontas. En el ascensor he visto entre nubes unos seres alados que me miran sonriendo. Pero no son ángeles, tienen dientes y los ojos rojos; son demonios, creo.
En la calle el sonido de mis pasos retumba en mis oídos y todo se ve turbio. Unas moscas me siguen. Escucho su zumbido asqueroso cerca de mis orejas y las intento espantar, pero ellas se alejan un poco y regresan al momento con su zumbar molesto.
La gente me mira al pasar. Deben pensar que soy un loco o que estoy borracho, dando aspavientos con las manos al aire vacío para ellos. No ven a todos esos seres que me siguen y me incordian.
Los ángeles del diablo se encuentran a mis espaldas y me tocan, me estiran de los rizos y ríen traviesos.
Al final corro enloquecido. Todo la realidad se convierte en un borrón. Las personas y las tiendas van desapareciendo en aquella oscuridad que avanza hacia mí. Grito.
La enfermera me pincha el brazo. Suavemente me levanta la cabeza y deposita una almohada. No habla, pero sonríe. Me produce paz su presencia. Todo es blanco y no parece que los ángeles y las moscas hayan podido entrar en ese cuarto tan limpio.
Oigo una tos. Es el doctor que me está observando muy serio. A su alrededor comienza a surgir la negrura de nuevo. Los ángeles han vuelto y al médico lo rodea un ejército de moscas. Sonríe y de su boca surgen más moscas. Cierro los ojos y quiero morir pero no muero. Sólo están allí, sonriendo, no me hacen daño. Tengo miedo y grito de nuevo.
Estoy atado y ya no puedo gritar. Una mordaza me tapa la boca. No quiero abrir los ojos pero la enfermera me coloca cruelmente unos palillos en los ojos para no cerrarlos. No puedo huir de ellos aunque intento, con movimientos bruscos, zafarme de las ligaduras que me atan a la cama.
El doctor y la enfermera sonríen. Las moscas los acompañan y a su alrededor solo les rodea la oscuridad. Vuelvo a sentirme turbio. Deseo dormir pero no puedo cerrar los ojos a causa de los palillos y mi mente se convierte en un infierno.
Ha pasado mucho tiempo. Hace horas, o días, o siglos, que el médico y la enfermera me han dejado solo en compañía de esos monstruosos ángeles que me enloquecen con sus risas de niños traviesos. No me dejan pensar, en mi mente revolotean pensamientos turbios, porque mi cerebro ha sido medio consumido por esa oscuridad y en mi cabeza ya solo habitan las moscas.
Deseo morir, anhelo poder cerrar mis ojos y sumergirme en el sueño del olvido. Sé que eso va a ser imposible. Mi tormento no cesará. He visto como me alimentan vía intravenosa. Soy un conejillo de indias en un experimento del infierno....
Cuentos terroríficos para las noches de insomnio. Ven y descúbrelos para contarlos...
miércoles, 11 de enero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
EL MUNDO ES UN SUEÑO
El mundo es un sueño. Desde lejos vislumbro el resplandor de la luz cegadora del sol que alarga sus rayos hacia la tierra.
La nave me aleja de ese espejismo y aterrado contemplo la realidad infinita que me rodea. La nada.
No existe el sonido ni la palabra. Todo es silencio y al fondo de este valle en penumbras contemplo la imagen de Dios.
En un espejo se reflejan los dibujos de los planetas que desde niño estudié curioso. Desde allí se expande su luz y su imagen.
La tierra no existe. Es solo un círculo de colores azules y marrones que un niño-dios dibujó en su día, y a su lado las piezas de un puzzle que forman figuras humanas y animales. El niño-dios juega con ellas y, a veces, cansado, las destruye.
Y al final de mi camino veo brillar una estrella. Es el final, es la verdad.
La nave me aleja de ese espejismo y aterrado contemplo la realidad infinita que me rodea. La nada.
No existe el sonido ni la palabra. Todo es silencio y al fondo de este valle en penumbras contemplo la imagen de Dios.
En un espejo se reflejan los dibujos de los planetas que desde niño estudié curioso. Desde allí se expande su luz y su imagen.
La tierra no existe. Es solo un círculo de colores azules y marrones que un niño-dios dibujó en su día, y a su lado las piezas de un puzzle que forman figuras humanas y animales. El niño-dios juega con ellas y, a veces, cansado, las destruye.
Y al final de mi camino veo brillar una estrella. Es el final, es la verdad.
miércoles, 4 de enero de 2012
LA NUBE OSCURA
El río fluía triste. Las rocas ennegrecidas dormían la plácida noche infinita. En el fondo, las algas se mecían a compás de la corriente y algún que otro pez de agua fría mordisqueaba la arena en busca de migas que llevarse a su empequeñecido estómago pero al poco de nadar moría.
El bosque languidecía y las aves hacía días que habían huido. Ellas, las más inteligentes almas de aquel desierto planeta la vieron venir antes que nadie.
La sombra llegó por el río. Desde el horizonte se la veía acercarse como en "La Niebla", pero era real y olorosa. Un olor a podredumbre invadió el espacio de repente. El cielo se tornó de un rojizo infierno y el sol desapareció.
Aquella inmunda nube duró tres largos meses. Las cosechas se marchitaron, los animales murieron y el hombre decidió que la mejor manera de arreglar aquello era bombardear la nube. Los países ricos se unieron en la lucha contra aquella nube de inmundicia, pero con cada misil nuclear lanzado a los cielos, la nube se hacía más fuerte, más grande, más ancha. Y el sol ya nunca apareció en la Tierra.
Hace 2000 años de aquella catástrofe. Hoy ya ha salido por fin el sol y el río fluye manso y tranquilo. Algún pajarillo ya se oye en el bosque y los pececillos han vuelto a mordisquear las algas del fondo del pequeño río.
La nube se fue tal y como llegó. Se llevó lo que no servía, arrasó con la inmundicia, no quedó en la tierra ningún ser destructivo, ningún alma podrida. Solo sobrevivieron las almas limpias. En las rocas se ocultaron, asustadas pero unidas. Las máscaras de gas les salvaron la vida. Eran pocos pero volverían a poblar la tierra. Nunca supieron por qué razón llegó la nube ni quien la envió desde los cielos. Nunca se atrevieron a volver a las ciudades sucias, fueron las que peor paradas salieron de la catástrofe. Y temían que la nube regresara si los encontraba entre los escombros de piedra y hierros donde comenzaba a crecer la hierba.
El hombre aprendió a compartir el bosque y la tierra, a labrar con sus manos los campos y a servirse solo de lo imprescindible para su supervicencia y los animales volvieron a ser los dueños de su amada tierra.
Mientras, en el fondo de un volcán latía la nube oscura aguardando, agazapada, olisqueando el aire que ahora era libre de nuevo, en busca de seres con los que alimentar su carroña. Regresaría de nuevo....
El bosque languidecía y las aves hacía días que habían huido. Ellas, las más inteligentes almas de aquel desierto planeta la vieron venir antes que nadie.
La sombra llegó por el río. Desde el horizonte se la veía acercarse como en "La Niebla", pero era real y olorosa. Un olor a podredumbre invadió el espacio de repente. El cielo se tornó de un rojizo infierno y el sol desapareció.
Aquella inmunda nube duró tres largos meses. Las cosechas se marchitaron, los animales murieron y el hombre decidió que la mejor manera de arreglar aquello era bombardear la nube. Los países ricos se unieron en la lucha contra aquella nube de inmundicia, pero con cada misil nuclear lanzado a los cielos, la nube se hacía más fuerte, más grande, más ancha. Y el sol ya nunca apareció en la Tierra.
Hace 2000 años de aquella catástrofe. Hoy ya ha salido por fin el sol y el río fluye manso y tranquilo. Algún pajarillo ya se oye en el bosque y los pececillos han vuelto a mordisquear las algas del fondo del pequeño río.
La nube se fue tal y como llegó. Se llevó lo que no servía, arrasó con la inmundicia, no quedó en la tierra ningún ser destructivo, ningún alma podrida. Solo sobrevivieron las almas limpias. En las rocas se ocultaron, asustadas pero unidas. Las máscaras de gas les salvaron la vida. Eran pocos pero volverían a poblar la tierra. Nunca supieron por qué razón llegó la nube ni quien la envió desde los cielos. Nunca se atrevieron a volver a las ciudades sucias, fueron las que peor paradas salieron de la catástrofe. Y temían que la nube regresara si los encontraba entre los escombros de piedra y hierros donde comenzaba a crecer la hierba.
El hombre aprendió a compartir el bosque y la tierra, a labrar con sus manos los campos y a servirse solo de lo imprescindible para su supervicencia y los animales volvieron a ser los dueños de su amada tierra.
Mientras, en el fondo de un volcán latía la nube oscura aguardando, agazapada, olisqueando el aire que ahora era libre de nuevo, en busca de seres con los que alimentar su carroña. Regresaría de nuevo....
martes, 27 de diciembre de 2011
LA ESQUELA MALDITA
Yo se lo dije a ella. Intenté convencerla por todos los medios y fue inútil. Se empeñó y no hubo manera de evitarlo.
Pero empezaré desde el principio.
En 1987 el periódico local publicaba la esquela de Fernando Gomes Santos, con un error de imprenta. El tal Fernando no se se apellidaba Gomes, sino Gómez. Lo que ocurrió aquella extraña jornada solo lo puedo contar desde la lejanía, en aquel momento ni yo mismo lo creí posible.
Fernando Gómez reposaba en su féretro cuando despertó y, sobresaltado, contempló a toda su familia llorando a su alrededor. Los médicos no daban crédito a ese despertar de la muerte y decidieron que había sido un error del doctor que firmó su defunción. Debió de tratarse de algún extraño caso de catalepsia, dirían para ahuyentar el miedo a pensar en un resucitado. Lo que nadie supo jamás es que a miles de kilómetros de allí, un tal Fernando Gomes Santos moría de repente al quedarse sin respiración en su país natal, Brasil, cayendo desplomado en su trabajo.
En 1994 ocurrió otro caso similar. El periódico local volvió a colocar el nombre del difunto con un error garrafal. Esta vez Mercedes Sanz Cardiés moría en Valencia, mientras que Mercedes Sanz Cardiel, nuestra adorable vecina del quinto, volvía de nuevo a la vida tras tres años intubada en el hospital.
En 2007 investigué a fondo y descubrí dos nuevos errores ortográficos en aquella esquela maldita salida de un cuento de terror. Intenté contactar con el director del periódico pero fue imposible llegar a saber quien era el causante de tales estropicios. Nunca dejaron que conociera el nombre del encargado de necrológicas.
Y así llegamos a 2011. Mi madre se empeñó, cabezona como nadie, en que la esquela de defunción de la tía Hortensia saliera en el diario local. Ella, ignorante de todas las esquelas que erróneamente habían causado la muerte de personas equivocadas, quería que todo el pueblo llorase la muerte de su cuñada.
Y yo, temblando de miedo, fui a comprar aquella mañana el periódico. En cuanto lo abrí supe que algo iría mal. La esquela estaba perfectamente escrita, no había error ortográfico alguno. "Hortensia Giménez Giménez", falleció el 10 de diciembre de 2011.
Mientras yo leía aquellas palabras impresas en negro en el diario, mi madre caía desplomada en el pasillo de mi casa. Muerta, a la vez que la esquela maldita publicaba su nombre. Se llamaba igual que su cuñada, casualidades de la vida.
Y hoy lloro su ausencia en esta habitación solitaria. Nadie creyó en mis teorías y el periódico siguió publicando aquella esquela maldita. Desde donde estoy no puedo investigar quien muere y quien renace, pero sé que todo continúa....
Ahora pido ayuda a quien lea estas palabras. Deben investigar y descubrir quién escribe en el diario local, quién publica esa esquela maldita, antes de que salgan nuestros nombres. Por favor, no os descuides, una mañana puede ser el vuestro...
Pero empezaré desde el principio.
En 1987 el periódico local publicaba la esquela de Fernando Gomes Santos, con un error de imprenta. El tal Fernando no se se apellidaba Gomes, sino Gómez. Lo que ocurrió aquella extraña jornada solo lo puedo contar desde la lejanía, en aquel momento ni yo mismo lo creí posible.
Fernando Gómez reposaba en su féretro cuando despertó y, sobresaltado, contempló a toda su familia llorando a su alrededor. Los médicos no daban crédito a ese despertar de la muerte y decidieron que había sido un error del doctor que firmó su defunción. Debió de tratarse de algún extraño caso de catalepsia, dirían para ahuyentar el miedo a pensar en un resucitado. Lo que nadie supo jamás es que a miles de kilómetros de allí, un tal Fernando Gomes Santos moría de repente al quedarse sin respiración en su país natal, Brasil, cayendo desplomado en su trabajo.
En 1994 ocurrió otro caso similar. El periódico local volvió a colocar el nombre del difunto con un error garrafal. Esta vez Mercedes Sanz Cardiés moría en Valencia, mientras que Mercedes Sanz Cardiel, nuestra adorable vecina del quinto, volvía de nuevo a la vida tras tres años intubada en el hospital.
En 2007 investigué a fondo y descubrí dos nuevos errores ortográficos en aquella esquela maldita salida de un cuento de terror. Intenté contactar con el director del periódico pero fue imposible llegar a saber quien era el causante de tales estropicios. Nunca dejaron que conociera el nombre del encargado de necrológicas.
Y así llegamos a 2011. Mi madre se empeñó, cabezona como nadie, en que la esquela de defunción de la tía Hortensia saliera en el diario local. Ella, ignorante de todas las esquelas que erróneamente habían causado la muerte de personas equivocadas, quería que todo el pueblo llorase la muerte de su cuñada.
Y yo, temblando de miedo, fui a comprar aquella mañana el periódico. En cuanto lo abrí supe que algo iría mal. La esquela estaba perfectamente escrita, no había error ortográfico alguno. "Hortensia Giménez Giménez", falleció el 10 de diciembre de 2011.
Mientras yo leía aquellas palabras impresas en negro en el diario, mi madre caía desplomada en el pasillo de mi casa. Muerta, a la vez que la esquela maldita publicaba su nombre. Se llamaba igual que su cuñada, casualidades de la vida.
Y hoy lloro su ausencia en esta habitación solitaria. Nadie creyó en mis teorías y el periódico siguió publicando aquella esquela maldita. Desde donde estoy no puedo investigar quien muere y quien renace, pero sé que todo continúa....
Ahora pido ayuda a quien lea estas palabras. Deben investigar y descubrir quién escribe en el diario local, quién publica esa esquela maldita, antes de que salgan nuestros nombres. Por favor, no os descuides, una mañana puede ser el vuestro...
lunes, 12 de diciembre de 2011
EL LIBRO ABIERTO
Todas las noches dejaba el libro cerrado sobre la mesilla. Se acordaba siempre de colocar la marca en la página donde terminaba su lectura y lo depositaba boca abajo sobre el pañito de ganchillo que le hizo su abuela.
Era todo un ritual, una auténtica obsesión. No dejar nunca el libro boca arriba. Debía dejarlo reposar, cerrado y bien cerrado, para continuar con su lectura la noche siguiente sin que pudiera haberse abierto o pasado páginas en su ausencia.
Pero aquella mañana siniestra lo olvidó.
Había leído hasta muy tarde y sus ojos cansados casi se cerraban siguiendo las líneas de la novela. Medio dormida depositó el libro en la mesilla y se adentró en su mundo de sueños.
A la mañana siguiente salió a trabajar sin pensar un segundo en el volumen que descansaba en la mesita de noche con la tapa hacia arriba mostrando su título: "La silla" de David Jasso.
Al atardecer, cansada, se desnudó, se dio una ducha caliente después de una frugal cena y se puso el pijama, dispuesta a terminar aquel libro que la tenía inmersa en su historia. Solo quería leer, leer y leer.
Un gutural gemido surgió de su boca y sus ojos desencajados observaron el libro abierto. Un miedo absurdo emergió de sus entrañas y comenzó a temblar mientras se acercaba al libro que reposaba en la mesita.
Contempló sus hojas y leyó sus letras, muerta de miedo. Lo que allí pusiera se convertiría en realidad, estaba segura.
..."Tenía un plan y lo iba a llevar a la práctica. De hecho ya había comenzado a llevarlo a cabo. Me arrastraba por el pasillo con el cuchillo entre los dientes, como feroz pirata presto al abordaje. Mordía con rabia el manco y notaba como mis molares dejaban muescas en el plástico negro, junto a los remaches sobre los que había pivotado. En mi cara parecía flotar una amarga sonrisa, pero no era tal, era un tenso rictus facial fruto de la presión con la que aferraba el cuchillo. Al tener la boca ocupada casi no podía gritar, había vuelto a mis viejos y queridos "Uhhhn" a cada mínimo avance."...
Sintió naúseas y un imperceptible temblor comenzó a propagarse por todo su cuerpo. Estaba leyendo y sabía que todo lo que leía se convertiría en realidad. Había sido así desde el principio. Tantos años recordando y teniendo cuidado para nada. Era el fin tal y como proseguía el libro.
..."En lo que a mí concernía ya había decidido cómo sería mi fin. No aguardaría a que la muerte me poseyera y me despojara de la poca dignidad que me quedaba, al igual que los granos de arena caen en un ancestral reloj. No, sabía lo que haría. Sujetaría el cuchillo entre los dientes, pero no como ahora, sino que introduciría su afilada punta de frente. En cuanto rozara mi paladar movería la cabeza bruscamente hacia abajo, golpeando el extremo del mango contra el suelo. Se hincaría del todo. Quizá la punta llegaría hasta mi cerebro reventándolo. suponía que sería ràpido y efectivo"...
Aquella última noche no durmió. Solo contemplaba el libro abierto en aquella horrible página sin que su mente pudiera pensar en otra cosa con los ojos desencajados por el terror.
La encontraron en la cocina, inconsciente. Apenas respiraba. Llevaba un cuchillo clavado en la frente. No había muerto de milagro pero las secuelas cerebrales serían irreversibles.
Era todo un ritual, una auténtica obsesión. No dejar nunca el libro boca arriba. Debía dejarlo reposar, cerrado y bien cerrado, para continuar con su lectura la noche siguiente sin que pudiera haberse abierto o pasado páginas en su ausencia.
Pero aquella mañana siniestra lo olvidó.
Había leído hasta muy tarde y sus ojos cansados casi se cerraban siguiendo las líneas de la novela. Medio dormida depositó el libro en la mesilla y se adentró en su mundo de sueños.
A la mañana siguiente salió a trabajar sin pensar un segundo en el volumen que descansaba en la mesita de noche con la tapa hacia arriba mostrando su título: "La silla" de David Jasso.
Al atardecer, cansada, se desnudó, se dio una ducha caliente después de una frugal cena y se puso el pijama, dispuesta a terminar aquel libro que la tenía inmersa en su historia. Solo quería leer, leer y leer.
Un gutural gemido surgió de su boca y sus ojos desencajados observaron el libro abierto. Un miedo absurdo emergió de sus entrañas y comenzó a temblar mientras se acercaba al libro que reposaba en la mesita.
Contempló sus hojas y leyó sus letras, muerta de miedo. Lo que allí pusiera se convertiría en realidad, estaba segura.
..."Tenía un plan y lo iba a llevar a la práctica. De hecho ya había comenzado a llevarlo a cabo. Me arrastraba por el pasillo con el cuchillo entre los dientes, como feroz pirata presto al abordaje. Mordía con rabia el manco y notaba como mis molares dejaban muescas en el plástico negro, junto a los remaches sobre los que había pivotado. En mi cara parecía flotar una amarga sonrisa, pero no era tal, era un tenso rictus facial fruto de la presión con la que aferraba el cuchillo. Al tener la boca ocupada casi no podía gritar, había vuelto a mis viejos y queridos "Uhhhn" a cada mínimo avance."...
Sintió naúseas y un imperceptible temblor comenzó a propagarse por todo su cuerpo. Estaba leyendo y sabía que todo lo que leía se convertiría en realidad. Había sido así desde el principio. Tantos años recordando y teniendo cuidado para nada. Era el fin tal y como proseguía el libro.
..."En lo que a mí concernía ya había decidido cómo sería mi fin. No aguardaría a que la muerte me poseyera y me despojara de la poca dignidad que me quedaba, al igual que los granos de arena caen en un ancestral reloj. No, sabía lo que haría. Sujetaría el cuchillo entre los dientes, pero no como ahora, sino que introduciría su afilada punta de frente. En cuanto rozara mi paladar movería la cabeza bruscamente hacia abajo, golpeando el extremo del mango contra el suelo. Se hincaría del todo. Quizá la punta llegaría hasta mi cerebro reventándolo. suponía que sería ràpido y efectivo"...
Aquella última noche no durmió. Solo contemplaba el libro abierto en aquella horrible página sin que su mente pudiera pensar en otra cosa con los ojos desencajados por el terror.
La encontraron en la cocina, inconsciente. Apenas respiraba. Llevaba un cuchillo clavado en la frente. No había muerto de milagro pero las secuelas cerebrales serían irreversibles.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
EL ÁRBOL DE LOS DESEOS


FOTOS REALES PROPIEDAD DE J. ANGEL ALONSO
Esto que os voy a contar ocurrió en el bosque en el mes de octubre. Todo lo que pasó es cierto, aunque parezca increíble. Todavía me tiemblan las piernas al recordarlo y unas lágrimas pugnan por salir de mis ojos cansados.
Hoy parece que tenga ochenta años, fue lo que envejecí en una mañana brumosa y fría de otoño. Salimos con los perros en busca de trufa. Si encontrábamos algo nos haríamos de oro. Eso fue lo que me prometió Octavio cuando me convenció para salir al monte.
_ Estos perros nos harán ricos, ya verás. Me han asegurado que huelen la trufa a quilómetros. Con un par de kilos tenemos el mes ganado sin trabajar.
El bosque se hallaba silencioso. Un silencio incómodo para mi gusto. Ni siquiera el canto de algún pájaro rompía el monótono crujir de la hojarasca que producían nuestras botas al caminar por la estrecha senda que ascendía hasta la cima del monte.
Los perros olisqueaban los árboles pero no se detenían en ninguno. Horas y horas caminamos sin encontrar ni una miserable seta que llevarnos a la cesta.
Octavio no decía nada. Supongo que nada tendría que decirme. Yo no le reprochaba no haber encontrado ninguna trufa todavía pero ya me estaba cansando de caminar entre piedras y hojas húmedas que conseguían que me resbalara a cada paso que daba.
De repente nos topamos con El Árbol, y digo El Árbol con mayúsculas porque era inmenso y parecía que nos miraba. Los perros comenzaron a aullar y se escondieron entre nuestras piernas haciéndonos trastabillar y caer a los pies de aquella gran mole de madera.
El árbol abrió los ojos y bostezó. Desperezó sus ramas como si llevara tiempo durmiendo y aguardara la llegada de algún intrépido "buscasetas" como nosotros.
¡Ah! Pardillos, pienso ahora, mientras rememoro aquellos momentos.
Octavio había caído de bruces encima del árbol y no tuvo tiempo de darse cuenta siquiera de que El Árbol había cobrado vida como en los cuentos de hadas.
El Árbol lo engulló, tal cual lo cuento. Abrió su fantasmagórica boca y ni siquiera lo masticó. Yo grité y me alejé arrastrándome por el suelo mojado y arañándome los brazos. Los perros hacía horas que habían huido, cobardes. Y yo me encontraba solo frente a aquel monstruo.
_ Soy el que concede los deseos _ gritó con voz estrangulada_. Pídeme lo que quieras. Por cada deseo que yo te conceda tendrás que ofrecerme tú algo a cambio. Ese es el trato.
Pensé en salir huyendo y ojala lo hubiera hecho. Pero creí que era cierto lo que aquel árbol me proponía aunque sonara inverosímil. Y abrí la boca para escupir las palabras que me llevarían a mi perdición.
_ Quiero encontrar en mi casa todo el dinero que pueda caber en una habitación, desde el suelo hasta el techo y cubriendo absolutamente todas las paredes del cuarto.
_ Perfecto. Este deseo es barato. Has tenido suerte. A cambio quiero un dedo. Tú decides cuál me concedes.
No supe que responder. Era irreal, un sueño. No podía ser verdad. El árbol me concedía un deseo pero yo debía pagarle con un dedo. Era un intercambio horripilante.
Pero cedí. Me descalcé la bota del pie izquierdo y le mostré el dedo más pequeño de mi pie.
Hoy soy rico, tengo una isla para mí solo, una mansión donde cincuenta personas cuidan de mí y de mis cosas. Hoy tengo un yate, una impresionante rubia que me achucha cada vez que le muestro la cartera. Pero no soy feliz. Me dejé llevar por la avaricia y olvidé un instante que aquel horrible árbol se había comido a mi amigo, solo pensé en mis delirios de grandeza. Confiado en que aquel ser solo se comería mis dedos continué pidiendo deseos.
Hoy tengo todo lo que un ser humano podría desear en este mundo pero me falta lo más importante. Solo soy una cabeza pensante sin miembros, ciego y sordo, que vive gracias a la tecnología y que ni siquiera puede elegir morir porque no tiene medios para matarse. Dependo de todo y de todos aunque posea un manantial donde no brota agua, solo ofrece billetes.
Maldito árbol y maldita mi avaricia. Hoy quisiera haber sido mi buen amigo Octavio que murió allí sin percatarse de nada o haber huido como los inteligentes perros. Nunca más supe de aquel árbol. Mandé a cientos de buscadores a encontrarlo pero no lo encontraron.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
EL HOSPITAL
Esta noche ha sido intensa. Nada menos que nueve partos simultáneos. Todavía llevo los guantes ensangrentados pero sonrío ante el espejo de la sala de curas.
Todos sanos. Cuatro niñas y cinco niños. Preciosos, con el peso ideal, con la carne rosada y tersa. Sin taras, sin enfermedades cutáneas. Perfectos.
Me siento agotado pero el esfuerzo ha valido la pena. He encargado a las enfermeras que los laven a conciencia y los coloquen en sus cunitas numeradas. No deben cometer ningún error al respecto, sería catastrófico. Cada niño lleva su número tatuado en la nalga desde su nacimiento y es designado a su cuna.
Entro en la habitación que hay a continuación de la sala de quirofános. Me desnudo y me ducho para quitarme el sudor y el cansancio de esta larga noche. El agua resbala por mi cuerpo terso y juvenil, no aparenta la verdadera edad de mi alma aunque ya siente el dolor y la enfermedad llegar en oleadas oscuras que me invaden sobretodo en sueños.
Esta noche estoy más feliz que nunca. El duro trabajo y la larga espera han dado sus frutos. Uno de los recién nacidos está destinado para mí. El 7, mi número de la suerte. Todos sus genes han coincidido, su grupo sanguíneo e, incluso, el color de sus ojos, aunque eso realmente no es tan importante.
Mañana seré yo quien me tumbe en la cama del hospital y no las madres que aguardan en sus camas de hospital para practicarles las cesáreas. Será a mí a quien sometan a la operación de rutina distinta de la de ellas pero en el fondo igual de importante. Toda la vida del bebé número siete pasará a mis venas.
Es increíble el avance de la ciencia, hoy unos pocos elegidos somos inmortales.
Todos sanos. Cuatro niñas y cinco niños. Preciosos, con el peso ideal, con la carne rosada y tersa. Sin taras, sin enfermedades cutáneas. Perfectos.
Me siento agotado pero el esfuerzo ha valido la pena. He encargado a las enfermeras que los laven a conciencia y los coloquen en sus cunitas numeradas. No deben cometer ningún error al respecto, sería catastrófico. Cada niño lleva su número tatuado en la nalga desde su nacimiento y es designado a su cuna.
Entro en la habitación que hay a continuación de la sala de quirofános. Me desnudo y me ducho para quitarme el sudor y el cansancio de esta larga noche. El agua resbala por mi cuerpo terso y juvenil, no aparenta la verdadera edad de mi alma aunque ya siente el dolor y la enfermedad llegar en oleadas oscuras que me invaden sobretodo en sueños.
Esta noche estoy más feliz que nunca. El duro trabajo y la larga espera han dado sus frutos. Uno de los recién nacidos está destinado para mí. El 7, mi número de la suerte. Todos sus genes han coincidido, su grupo sanguíneo e, incluso, el color de sus ojos, aunque eso realmente no es tan importante.
Mañana seré yo quien me tumbe en la cama del hospital y no las madres que aguardan en sus camas de hospital para practicarles las cesáreas. Será a mí a quien sometan a la operación de rutina distinta de la de ellas pero en el fondo igual de importante. Toda la vida del bebé número siete pasará a mis venas.
Es increíble el avance de la ciencia, hoy unos pocos elegidos somos inmortales.
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